Los sueños

Los sueños, hechos de la misma sustancia que nosotros, según el Bardo. Soñar es proyectar, imaginar, anticipar, crear, ver antes lo que luego será. Sueñan mucho el niño y el adolescente con un futuro que nunca alcanzarán, porque cuando lleguen, todo habrá cambiado: de ese modo, los sueños primerizos se convierten después en recuerdos. Recuerdas lo que soñabas y aquello que se anhelaba para el día de mañana queda inevitablemente ligado al ayer. Sueña el mendigo cuando deja escapar su mirada hacia la nada neblinosa que lo rodea, mientras los demás se afanan en sus labores por la calle y, para él, la vida oscila en bucle como un péndulo sin reloj. Sueñan los poetas, las secretarias, los novilleros. Sueñan los enfermos con la salud perdida. Sueña la embarazada con el rostro del hijo, que ya palpita en su vientre. Sueña el opositor con que su esfuerzo y su paciencia obtengan recompensa, sin darse cuenta de que, cuando cruce su meta, añorará el empuje que lo impulsó hasta ahí.

En muchas ocasiones, el adulto, en fin, va olvidándose de soñar, lo va postergando, y lo que germinó en su imaginación va quedando sepultado por las preocupaciones constantes, por el miedo a la hora venidera, por las humillaciones recibidas durante esa jornada. Duermen los cansados en un letargo profundo que les impide, al despertar, recordar los sueños por los que se transitó. Envejecer, quizá, consiste en recuperar lo inicial, pero no ahora por la vía del entusiasmo, sino del sosiego. El viejo sueña que el día continúa, plácido, sin sobresaltos, como un lagarto sesteando al sol.

La otra noche soñé que hablaba con Borges. Fue un sueño largo, o al menos así lo recordé cuando regresé a la vigilia. Curiosamente, soñé en blanco y negro, algo que no creo que me haya pasado ninguna otra vez. Borges, ciego, me pedía que sirviera el té. Al hacerlo, me quemé un par de veces. Él se cayó hacia atrás, derrengándose sobre un sillón. Y en la conversación, extensa y rica, hablamos de Chesterton, de Stevenson, de Unamuno. Fue mucho tiempo hablando en sueños con el fantasma de ese hombre. ¿Somos lo que soñamos? Soy entonces un espectro en blanco y negro que habla con escritores muertos sobre otros escritores muertos, acaso muerto yo también mientras dura la ensoñación. Discutimos acerca de cómo elegir los adjetivos, y de gramática, y de aliteraciones. Y yo no sé si ese sueño fue así o si, al recordarlo, lo recreé.

Y ahora, al escribir, regreso a la habitación modesta donde me entrevisté con Borges, y no tengo ni idea de qué significa ese sueño, en caso de que los sueños signifiquen algo, en caso de que la vida contenga sentido. Pero sé que, cuando sueñas, tiendes estrategias para obtener lo tuyo, y entonces el resto deja de tener importancia.

Qué me importan los miedos que se inventen, o que sea festivo o no, o los titulares absurdos que nos llaman para distraernos. Yo tengo un sueño con Borges del que ocuparme. Y he de pensar cómo dar a conocer Nautilus. Y he de soñar con la corrida en Madrid del viernes, con Urdiales y Fortes. Y acabar de corregir Córdoba 1925 para enviársela a Javier Baonza. Y continuar con Antonio Blanco en alta mar. Hay tanto por soñar que no queda espacio para tontadas.


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