Los olores

No hay sentido como el del olfato para avivar la maquinaria de la memoria; si acaso, el del oído. Pero tiene el olor algo que va más allá del sonido, algo antiguo, que nos mantiene unidos a todo aquello que fue y que, de algún modo y por eso mismo, siempre será.

Anoche la tertulia vino calurosa, comenzó pesada, y costó que se moviera un mínimo de brisa que se llevase por delante los temas más áridos. Pero ocurrió, no recuerdo por boca de quién, que la charla se aclaró volviéndose más liviana y agradable al hablar de los olores. Teresa recordaba la fruición con la que aspiraba, dentro del coche, el olor a su padre, una vez que regresó a Rosario. El Marqués tiene metido en el seso el olor de la jara que, cuando él era niño, en sus visitas veraniegas, otorgaba argumentos a las candelas extremeñas.

El escritor tiene en el olfato a un poderoso aliado a la hora de crear ambientes y dotarlos de un estado de ánimo. La sinestesia, ese barajar los sentidos distintos, favorece el entendimiento, ya que, prodigiosamente, la mezcla ofrece una forma de claridad. Narrar bien consiste en decir mucho con pocas y acertadas palabras, y en eso la nariz le lleva ventaja al ojo.

Se habló del olor distinto de los campos según la estación del año. Yo distingo la primavera más temprana, en febrero, cuando la tierra se dispone a desperezarse, a punto de ordenar al verdor que regrese de los esqueléticos palacios invernales y vuelva a crecer. Y llevo dentro el olor a río, tan fecundo. Stevenson describe el lugar donde ancla la Hispaniola en la Isla del Tesoro como un enclave que huele a podredumbre y a paludismo, y hay ya en ese garabato de los adjetivos un vaticinio de violencia y asesinato.

Huele la actualidad peor que el páramo de los piratas. Huele a crimen. Huele el recién nacido a lociones y ceremonia inaugural, y a lo mejor ése es el único olor del presente. «El denso olor a semen desbordado», canta Sabina en su primer disco, y ya está dicha la adolescencia. Huelen los ancianos a vejez, en un rasgo que al parecer emana desde la lengua, el ombligo y la parte posterior de las orejas. Huele el pasado a brasero de picón, y a regaliz, y a pestiños. Y huele la plaza de toros a ritual. Y cuando el toro culmina su vida en el sacrificio, rompe a oler a una penetrante danza aérea de carne y sangre, y acaso sea ese el olor de la muerte, que se encuentra fuera del tiempo.

Huelen algunas personas a otras personas, a novias antiguas, a quienes subieron a los ascensores de los ochenta o a quienes esparcieron sus años mozos sobre los tapetes de los billares. Huelen las madres mejor que los ramos de rosas de sus cumpleaños, y mi atribulado Antonio Blanco, que viaja al interior de la citada La Isla del Tesoro, se conmueve porque en su aventura se reencuentra con sus padres, y lo que le sobrecoge es que éstos huelan a jóvenes, algo que había olvidado.

¿A qué huele el mundo de hoy en día? A miedo, a tristeza inducida, a pobreza. Y frente a esa pestilencia causada por los poderosos, el íntimo olor a jazmín de la esperanza, fino como ese renacer del que hablaba antes y que trae febrero. Porque siempre amanece cuando más oscuro está. Y también el alba posee su fragancia, como bien saben los pájaros, las hormigas, los borrachos, los amanuenses.


Publicado

en

por

Etiquetas: