Los Gabrieles

Los más antiguos dicen Los Grabieles, enredando con una erre movediza que anima a jugar con la pronunciación. Pero hablamos de lo mismo, de ese rinconcito que nos queda en la calle Echegaray de Madrid y dentro del cual el tiempo nos ofrece el alivio de una tregua, un oasis en medio del desierto de la prisa y la demencia actuales.

La zona buena que le queda a uno, la que todavía impulsa a la acción correcta y ética –y que ojalá nunca quede reducida a la mínima expresión pese a los muchos vaivenes de la vida– lo que desea es que cualquier persona pueda disfrutar de un lujo como ese con el que uno cuenta y que consiste en acogerse a sagrado entre las paredes del histórico establecimiento de Los Gabrieles, que por suerte ha vuelto a reabrir después de dos décadas de parón y además con las mismas o mejores hechuras que le conocíamos.

Azotan fuera los vientos contrarios, pero estamos a salvo de la jauría en una sala revestida de carteles de toros antiguos donde lo mismo se anuncian las Señoritas Toreras que Bombita. Dan ganas de pagar, no ya en pesetas, sino en reales. Y de bajar a los reservados para admirar la efigie de Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete, el Cuarto Califa de Córdoba, que bendice cuanto allí se habla. Y de entregarse a la tertulia sobre cosas que no estén sujetas al miedo de lo que puede venir o a la tristeza y la languidez de un pasado al que no habremos de retornar. Y de esperar a Juncal.

Pero la suerte no se fundamenta en el vino, la tapita de garbanzos, el pulpo con puré de patatas, las excelentes mollejas de vaca o la carne roja con la que culminamos –como podéis apreciar, todo verde: el que se comieron esas reses–. Por muy gustoso que resulte, el privilegio no estriba en los azulejos, en los nombres de la cartelería o en lo añejo, por mucho que esto nos brinde un contexto propicio para el abandono y el disfrute del presente.

El verdadero regalo es el poder hacer todo eso, disfrutar de tales dádivas, en compañía de personas queridas y admiradas, que supongo que viene a ser lo mismo o muy parecido. Paquito Ruiz va tomando acento madrileño y se mueve con la descarada soltura que le otorga el que todas las camareras quieran ser sus novias. Tomás Angulo cuenta cómo Espartaco padre observaba hasta el modo elegante en el que el maestro Antonio Ordóñez tomaba el volante del coche, y lo hace mientras yo observo el modo elegante en el que él lo narra. Un torero es torero siempre, hasta durmiendo, del mismo modo que un poeta porta su condición a todas horas, en toda circunstancia, y lo hace sin forzarlo, sin exhibirlo, hallando la belleza en el fondo y las formas –que han de mantener un íntimo lazo, una comunión natural–.

Ya sé que todo empieza y acaba. Ya sé que luego salimos de ahí, nos vamos, finaliza ese rato, nos encaminamos a la plaza y, en tarde desabrida y difícil, recibimos una lección de lidia y dominio de Antonio Ferrera. Ya sé que el tiempo continúa su rueda y va echando sobre el lienzo cosas malas y buenas: lo mismo se te lleva el coche la grúa que Ferrera alarga un natural ante uno imposible de Partido de Resina. La cadena prosigue su encadenado de eslabones. Pero queda la satisfacción de sostener hoy el libro de Los Gabrieles que me regaló Paquito, oler sus páginas recién impresas y volver a escuchar las risas nacidas en torno a la hoguera de las palabras. Los Gabrieles son una suerte. Pero la suerte suprema es tener con quien disfrutarlos. Y eso lo debería poder decir todo el mundo. Hasta los inspectores de Hacienda, fijaos si vengo hoy rumboso. Todas las camareras, todas, roneando a Paco. Es digno de ver.


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