No suelo tomar demasiado el transporte público. Pero sí de vez en vez. Azcona subía al autobús sin ir a ningún lado, deambulando, sólo para escuchar de qué hablaba la gente, cómo lo hacía, de qué iba la cosa. No entendía que el personal del cine con el que él trabajaba fuese a los sitios con chófer, encapsulado, aislado, sobreprotegido. «¿Cómo conocéis el mundo entonces?», les preguntaba Rafael, asombrado de que los otros le hubiesen dado la espalda a la sociedad.
Y aquí hemos tropezado casi por casualidad con otro de esos temazos que parece que no pero que sí. Y cada vez más. ¿Aislarse, vivir de espaldas a la muchedumbre, o seguir insertos en el mundo?
Por lo que tengo visto, las gafas con las que uno ve esto determinan el juicio que se obtiene. Es evidente que el gentío resulta molesto, incómodo, desagradable. Cuando uno está en un metro atestado, con aquel metiendo el codo, aquella mirando como si le hubiesen tirado las largas y el de más allá apretándose con la de adelante sin haberse dado cuenta de que la otra es un tío, pues qué vamos a decir, amigos míos: resulta insoportable. Claro que, cuando uno está ahí, también es uno más, también ocupa espacio y seguramente moleste a los otros tanto como ellos a uno.
No todo el mundo considera la higiene personal como algo importante. Ni tiene modales, ni educación, ni cede el asiento, ni guarda silencio. Hay personas que consideran que su conversación telefónica es de interés general. O la serie que ven en el móvil. O los vídeos de redes sociales con los que se van riendo. Claro que dan ganas de salir, respirar aire fresco y mandar al carajo a ese ejército de viajantes que dan la sensación de marchar con una prisa triste y sin destino.
¿La alternativa? ¿Escapar, huir, dejarlo todo atrás? La soledad. Los pocos sabios que en el mundo han sido. La vida retirada. El aislamiento. El eco de la cueva respondiendo a tus saludos. San Francisco hablándoles a los hermanos pájaros. El sonido del arroyo como único concierto.
Cuando ando por el campo, cuando llevo dos o tres horas sin ver a nadie y de repente me cruzo con un paisano que viene, como yo, dando bandazos campestres, me alegro, y saludo, e incluso alguna vez nos hemos parado para charlar un rato. Porque venimos de la tranquilidad de no estar atosigados. Ese mismo señor y yo, si nos juntásemos en medio de las apreturas del metro, nos detestaríamos.
O sea, que es muy delicado el equilibrio entre la soledad y la compañía. Entre uno y los demás. Ayer, tomando un vino con el Marqués y con Teresa –no sabéis qué canelones hace esa bendita mujer– lo comentábamos: no nos importa que alguien rompa nuestra soledad, pero si es para aportar, para mejorar ese silencio tan gustoso en el que estamos, no para empeorarlo, molestar y hacer que ese tiempo pierda sentido.
Como siempre, los clásicos ayudan a dar con el método. «Ve al mundo, pero no pertenezcas a él», aconseja Stevenson. Es decir: sí, ve al mundo, entra al metro, al tren, a la muchedumbre, al camino ancho. Pero luego regresa a tus soledades, a ti mismo, a tu ser, habiendo visto mucho pero sin haber caído en sus trampas. «He vencido al mundo», dice Cristo. Y hay en esa afirmación una respuesta anticipada al propio Stevenson. Me voy al lío, pues, queridos lectores. A ver si, siendo sábado, a cierta peña le ha dado por ducharse.