Lo nuestro

Durante varios días esta columna ha sido ocupada por el último de los atentados que las instituciones han diseñado y cometido contra nosotros –esta vez en forma de fuego, prendido a propósito para luego impedir su extinción hasta conseguir los objetivos que los dueños de la granja les han marcado a los políticos que padecemos–.

Y la columna, que yo considero que posee voz propia y necesidades particulares, hoy me deslizó la idea de ocuparme de lo mío. «Lo has dicho todo, Manuel, no insistas más hasta dentro de unos días, que quienes se hayan querido dar por enterados ya lo han hecho; y los que no, los que deseen seguir mirando a otro lado o presos del sistema de partidos, que arrostren su propia carga». Y creo que la sugerencia de Nemo, como capitán del Nautilus, es oportuna. Es sabia. Ponte a lo tuyo.

¿Y qué es lo mío?, me he preguntado. Andar. Rodar. Cambiar los paisajes. Ir de un lado a otro. De la sala de montaje a la biblioteca. Del teclado a la terraza del bar, esperando a que el Marqués regrese de sus vacaciones. De Santander a Madrid. De Teruel o Zamora a Huelva, con los horizontes de Pontevedra, Gijón o Almería por delante.

Pero no he sabido qué es lo mío. Llevo dándole vueltas desde que amaneció, esperando a que el tema de la columna se me revele.

Me fijé en las obras de Atocha, a primera hora, y desde arriba contemplé a un mendigo que dormía a pierna suelta en un rincón, junto a los terrenos vallados, en medio de su desordenado ajuar de bolsas, cartones y botellas. Un hombre en obras perpetuas y una estación, como el resto de infraestructuras, en mutación continua, molesta y sin fin.

Luego han empezado a rodar las llanuras manchegas, tras salir de Madrid y alejarme de las sierras siniestradas. Y Córdoba. Y la campiña hasta Sevilla. Y ese peculiar mundo atravesado por el Tinto y el Odiel hasta diseminarse en el océano, más allá de la capital onubense.

Da la impresión de que, en vez de en un hotel, uno ingresa en prisión. ¿Teléfono? Doy uno falso. ¿Mail? Me lo invento. ¿Código postal? Digo el primero que se me pasa por la cabeza y que ni siquiera sé si existe. ¿Habitación doble de uso individual? Sí. Mejor no decirle a la señora de la recepción que no es de uso individual, que me acompañan Antonio Blanco y Stevenson –éste, por partida doble, en una novela y en un ensayo–.

¿Y ahora? La ciudad sigue donde siempre. Las estatuas esperan a que las olviden. El mar, casi intuido pero ausente. Qué lugar tan pensado para la inminencia. ¿Y el mundo? El mundo, que espere, que hay que ponerse a lo de uno, a lo mío, a lo nuestro. Lo ha dicho Nemo.

La solución, cada vez que aprietan, es ensanchar lo de dentro. No moverse de la dignidad. Hablar claro, comprobando que es vox populi que gobiernan criminales y nos hallamos inmersos en un tinglado grotesco y ridículo. Dentro, dentro, ahí está lo nuestro. Y no sé si consiste en el mero pensar, en escribir o en dejar que resuenen los motores conforme ceden los kilómetros y las comarcas pasan como anuncios encadenados, sin mucha esperanza de que nadie los recuerde.

Lo nuestro es lo de cada uno. El extraño paso del tiempo. El pugnar por reconocerse una jornada más. Cultivar la soledad para colmarla de compañía agradable cuando surge la ocasión. Lo nuestro, sin más, lo nuestro: que, precisamente por individual y propio, puede ser compartido.


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