Hace un par de jornadas, el 20 de agosto, llegó el denominado Día de la Liberación Fiscal. Eso significa que, hasta ese momento, todo lo que has hecho durante el año ha sido trabajar para el Estado que, vía impuestos, ha ido succionando absolutamente todo el fruto de tu esfuerzo. Íntegramente.
Están bien escogidos los términos, para no llevarnos a engaño. Se habla de impuestos porque son fijados de un modo coercitivo, sin opción a esquivarlos. Y se habla de liberación porque, en efecto, lo que hay dentro de ese plazo entre el 1 de enero y el 20 de agosto es lo contrario a la libertad: es decir, esclavitud. Yo diría que algo mucho más siniestro que la esclavitud, ya que al esclavo al menos se lo mantiene comido y con cobijo para que siga produciendo.
232 días del año trabajando para ellos. Un 63,5% del total de tu labor ha sido esquilmada. Por supuesto, con la excusa de que hay que pagar lo común: carreteras, sanidad, educación, pensiones, sueldos públicos… Lo que quieran decirte. Nadie pone en duda que hay que sostener lo común. Pero, ¿qué día se acabó de pagar lo común? ¿El 2 de febrero? ¿El 4 de abril? Todo lo que sobrepase pagar más de un 10% de tus ingresos supone un abuso inaceptable. No se nos escapa que, desde ese principio de febrero en que se tendrían que haber saldado las cuentas con el Estado, el resto ha sido puro desvalijo. La maquinaria estatal, como un monstruo hipertrofiado, no conoce límites. Cada año ese Día de la Liberación Fiscal llega más tarde. Cada año te exigen más tiempo trabajando para ellos. Cada año le quitan más trozo de pan a tu familia, a tus hijos, a tus padres, a ti.
Además, sabemos que lo común está destruido. Estamos pagando casi siete veces más de lo que se debería por servicios que han desmantelado a mala fe. Los trenes no funcionan. Las carreteras están deshechas. La educación consiste en un sistema de adoctrinamiento del que sólo cabe esperar que los jóvenes salgan cuanto antes. Los hospitales se han convertido en morideros de los que huir si se desea la supervivencia, y la profesión médica al completo ha quedado revelada como un brazo de la industria farmacéutica que no tiene como objetivo la salud, sino la enfermedad cronificada que haga de cada paciente un cliente perpetuo. Los políticos, no descubrimos nada nuevo, roban a manos llenas, impunes, de forma creciente y masiva. Y gran parte de ese dinero que te han quitado, para más inri, se destina a actividades que van contra la propia sociedad, tal y como subvencionar la quema de montes y campos, la ruina de la agricultura y la ganadería o sufragar la invasión de desesperanzados que acaben de destrozar la jaula en la que habitamos.
Esto no ocurre por casualidad. Se entiende todo cuando se admite que el Estado es una institución diseñada para controlar a las masas y que los impuestos son un instrumento que no tiene como fin pagar lo común, sino mantenerte en la pobreza.
Este proceso no es ni de izquierdas ni de derechas. No existe tal cosa. Los amos de la granja van alternando a sus distintos empleados en el escenario del poder, y simplemente tú, mientras, entregas tu tiempo. Cada año, más días. Más vida sustraída. No es tu dinero lo que desean, hay que recordar, ya que el dinero, para los de arriba del todo, no existe, no es más que una herramienta de dominación. Es tu tiempo, eres tú a quien buscan. De momento, en este 2026, ya han hurtado más del 60% de tu existencia. El año que viene será más. Y así, hasta la esclavitud total. Reventará la cosa antes, supongo. Espero. No sé.