Lenguas

Hay que ver la cantidad de acepciones con las que cuenta el término lengua. Es de esas palabras que parecen una plaza mayor pueblerina donde desembocan numerosas callecitas, un cruce de caminos, un lugar de encuentro. Y cada uno que llegó a ese mercadillo de la lengua le aportó un significado.

La lengua podría permitirnos dedicarle una columna de Anatomía poética, uno de los capítulos en los que se estructura el tomo de Nautilus. Hablaríamos entonces de un animal prodigioso que habita las interioridades de la boca, que aguarda el alimento, que explora los besos, que fabrica pronunciaciones tan apasionantes como la T líquida que le salía a Aute, razón secreta de su éxito con las señoras, a mi entender.

Pero lengua es también el sistema que compartimos y que nos permite comunicarnos. La lengua española, la asignatura de Lengua: la Lengua, por tanto, como disciplina. Hablar en lenguas, dice La Biblia, y el tipo empieza a chamullar en persa, en griego clásico, en chino mandarino, en catalán en la intimidad. Las clases de Lengua eran azules, frente a las de Matemáticas, que siempre concebí como rojas, en una rara sinestesia que luego supe que también había asistido a Nabokov. Naturales era verde; Sociales, marrón anaranjado.

La lengua de mar, que es un pescado. O la lengua de tierra, que incursiona valiente en el océano como si fuese a preguntarles a las aguas acerca de sus asuntos, que desde luego no le conciernen.

La lengua de la campana, el badajo, que proclama su alegría mañanera para espantar malas vibraciones y dejar el mediodía limpio para bajar a tomar el vermú con los amigos y discutir sobre hasta dónde consentirá a los argentinos el árbitro de la final del Mundial. Esa misma campana, machadiana en la tarde, se aquerencia con Bécquer por la noche, recordando a los insomnes el paso de las horas desveladas.

La lengüeta de la zapatilla. Las lenguas de Castilla, Navarra o Aragón, que eran divisiones territoriales. Lengua bífida, viperina, traicionera. Irse o tirar de la lengua. La temida lengua azul que amenaza a los ganaderos. Hoy será rápido alcanzar el final de la columna, porque la lengua es rica y el único peligro es seguir adelante sin detenerse en cualquiera de estas múltiples facetas que ofrece.

Porque donde yo quería llegar desde el principio es a la lengua de fuego, una de las sutilezas más fascinantes que permite el vocablo. Sobre las cabezas de los apóstoles, durante el día de Pentecostés, surgieron las lenguas de fuego del Espíritu Santo. O sea, que el fuego posee lengua, que el fuego habla. Si es así, sólo cabe desear que hablen todos esos incendios que asolan ahora Aragón y Guadalajara –como hace unas semanas ocurrió en Almería o el verano pasado en la Ruta de la Plata–. Que hablen esas lenguas de fuego, que se pronuncien: que digan quién las prendió. Pero no limitándose a señalar hacia el sicario de turno que llevó el mechero, sino nombrando a los verdaderos instigadores de las llamas y enumerando sus intereses canallas. Ay, si hablasen esas lenguas… No sé, a lo mejor pronunciaban nombres muy parecidos o idénticos a los de aquellos que luego aprovechan para venir con el cuento del cambio climático a intentar culpabilizarnos a nosotros de sus crímenes.

Si es que no hay nada como la lengua clara. A lo mejor, la lengua guisada, pero poco más. El fuego tiene lengua y habla en verso con la voz de Lorca.


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