Las preguntas

Ya nos avisó Mario Benedetti: «Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas». Algo así ha ido ocurriendo conforme nos hemos adentrado en el presente siglo XXI.

No es sencillo desasirse de lo aprendido y cuestionarse los dogmas, los presupuestos, los axiomas. Se encuentra la cabeza cómoda en el prejuicio, teniéndolo todo ya etiquetado, sin verse obligada al esfuerzo de replantearse lo que se creía saber. Más de una década, dos casi, diría yo que me costó desprenderme de toda la mitología ilustrada, durante el que probablemente haya sido mi logro intelectual más arduo hasta el día de hoy.

¿Y ahora? Ahora nos encontramos un mundo en el que creíamos tener todas las respuestas, sólo que la realidad –tan terca, tan inasible, tan mutable– se ha obstinado en demostrar que era todo mentira. Las ideologías, los sistemas de gobierno, las instituciones, las estructuras del poder… Todo lo que nos enseñaron era falso. Y la prueba es que con esos armatostes no se explica nada de lo que está ocurriendo, nada de este colapso al que las autoridades van conduciéndonos. La ruina económica, social, energética, alimenticia, ambiental, climatológica. Digo bien, en singular: la ruina, una única ruina, porque responde a una voluntad única y todas esas realidades no son más que manifestaciones diversas de una misma causa. Nadie que no se encuentre lobotomizado por la maraña cultural e informativa existente puede negar ciertas evidencias, como el hecho de que los gobernantes no son más que empleados de una estancia más alta que es quien realmente toma las decisiones. No hay que ser Aristóteles para darse cuenta de que el entramado propagandístico se pone en marcha al unísono a la orden de su amo para vender los odios, los miedos y los engaños que convienen a la clase dominante: el cambio climático, la bondad de la inmigración, la pobreza energética y económica asumida como consecuencia de una supuesta superpoblación, sus guerras de diseño… Y todo esto se halla fundamentado en una idea primigenia que es la que más se esfuerzan en propagar: el ser humano es un mal a erradicar. Cuantos más humanos, más mal. Cuantos menos seamos, más alivio para el universo.

Claro está, el ser humano no es un mal, sino un prodigio. Magnifica humanitas, ha escrito León XIV. Una magnífica humanidad, sí, aunque gobernada, sojuzgada y esclavizada por un grupo de criminales para quienes no somos más que ganado.

Luego surgen nuevas cuestiones, nuevas preguntas. ¿El colapso que han puesto en marcha está controlado o simplemente se les ha ido de las manos? ¿Existe un sólo grupo al mando de este tinglado o asistimos a una guerra civil entre facciones de tal mafia? ¿Hasta dónde llegará el apocalipsis, el caer el telón de esta realidad? ¿Hasta dónde se dejarán ver las costuras y la podredumbre de este teatro? ¿Hay soluciones? ¿Es posible que miles de millones de personas sigan golpeadas por unos cuantos? ¿Quiénes son? ¿Cuál es la naturaleza de los mecanismos por los que ese mal gobierna el mundo, haciendo uso de la imbecilidad colectiva, previamente abonada?

Estimado Mario Benedetti, sí: parece que nos han cambiado las preguntas, pero también es muy probable que lo único que haya ocurrido es que las anteriores fueran falsas, y éstas, aunque parezca mentira, siempre han sido las fundamentales. Es decir, la pregunta sigue siendo la misma de siempre: ¿quiénes somos?


Publicado

en

por

Etiquetas: