Las gafas

Me llama Paco por lo de las gafas del eclipse. No, Paco, no tengo. Tengo las mías, las de ver. O las de ver mal, mejor dicho, porque cada vez resulta más inexacto decir que uno ve. No sé si me aguarda un futuro a lo Borges, Homero y Milton. Si así fuera, pues nada, nos encaminaremos hacia los libros y la noche.

Paco sí tiene gafas del eclipse. Se las han dado en una gasolinera.

–Sabrá Dios quién se está forrando con este nuevo invento. Otro modo de saquear las arcas públicas, supongo. Es decir: nuestros bolsillos. Pero no te llamo por eso, Manué, sino para decirte que me ha pasado una cosa muy rara con ellas.

Paco se puso las gafas que le dieron en la gasolinera y probó a ver cómo se veía. La sorpresa lo dejó estupefacto: a través de esas láminas supuestamente hechas para poder mirar el eclipse, cuando se fijaba en el panel de los precios de los combustibles, además de lo que cobran por litro de diésel y de gasolina, le aparecía la cantidad robada por el Estado para fingir que con eso paga la sanidad y la educación –que, por otra parte, vaya sanidad y vaya educación–.

–Me quité las gafas y los precios aparecían como siempre. Me las ponía otra vez y volvía a ver la cantidad robada por el sistema para mantenernos pobres.

Inquieto por aquella rareza, Paco se metió en la tienda de la gasolinera, donde se lleva a cabo el robo a mano armada cada vez que se reposta, y se fijó en los periódicos que todavía se venden en una estantería.

–Chico, me quedé loco. Cuando miraba las portadas de los diarios con las gafas, cambiaban los titulares.

–Cómo que cambiaban.

–Sí: decían la verdad. Mira, he apuntado algunas de las frases que vi.

En vez de crisis migratoria en Ceuta, en los papeles se hablaba literalmente de «invasión diseñada por los altos poderes para hacerse con el estrecho de Gibraltar, dar la puntilla a España y favorecer los intereses de la plutocracia que desgobierna el mundo, todo esto hecho con la participación directa de las propias instituciones españolas».

Los diarios deportivos, en lugar de entretener con asuntos superfluos, se ocupaban de la carestía de los precios, hablando en plata sobre «el abuso de precios fomentado para mantener a la población al filo de la pobreza, si no en ella».

A través de las gafas, Paco miró una televisión que tenían puesta allí mismo y en la que varios contertulios se confesaron en directo, reconociendo que se limitan a cumplir órdenes y a repetir ciegamente las consignas recibidas por parte de quienes los contratan, a sabiendas de ignorar lo que dicen o sabiendo, directamente, que es mentira.

Paco pasó el día con las gafas. Dice que con ellas puestas ni siquiera oía a la gente del bar cuando comentan las bobadas que escuchan en el informativo, que sólo veía salir de sus bocas un bocadillo como el de los cómics que rezaba: «Bla, bla, bla…».

«No quedo contigo para que lo compruebes porque me he dado cuenta de que tú no ibas a ver nada diferente. Estas gafas, simplemente, me han mostrado el mundo tal cual lo ves tú. No sé cómo puedes vivir así».

Pues se puede, Paco, se puede. Mejor vivir así que vivir engañado, creyendo mentiras y siendo incitado a colaborar con el crimen. Por lo demás, todo bien. Y sí, Paco, me da igual el eclipse. Siguen robando.


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