Las dos vías

O bien o mal. No hay alternativa. Ni estadio intermedio. Sólo existen dos vías. Acometer una tarea y llevarla a cabo con oficio, sabiendo lo que se hace, conociendo la técnica que la acción requiere. Pasar años equivocándose, probando, aprendiendo, interiorizando, mejorando. Las manos del ebanista sienten la madera y escuchan los susurros de los dedos, que indican por dónde empezar, dónde hay que lijar, cómo hay que pulsear, en qué punto martillear o dónde meter el escoplo. Dominar las herramientas hasta convertirlas en una extensión de uno mismo, de la propia voluntad y del instinto de creación. Dotar de sentido a la labor. Mantener la honradez en las intenciones y en las formas en que éstas se concretan.

Ubi sunt. Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere. ¿Dónde están quienes fueron antes que nosotros en este mundo? ¿Dónde queda el hecho de que antes de que nosotros apareciésemos por aquí ya hubo centenares, miles o millones de tipos intentando lo mismo que ahora nos ocupa? ¿Qué hemos aprendido de ellos? ¿Qué aportaremos a esa tradición? ¿Qué dejaremos a quienes nos sucedan?

¿De qué va hoy la columna? ¿De escritura? ¿De toreo? ¿De carpintería? De todo eso a la vez. De un mundo que ha abandonado la inercia del conocimiento anterior y que avanza por senderos supuestamente nuevos pero que, lejos de dirigirse hacia adelante, han perdido el norte, se han perdido. No hay que tener prisa por correr en círculos, hacia ninguna parte. Mejor andar despacio sabiendo a dónde se va.

Sólo hay dos maneras de hacer las cosas: o bien o mal. Sólo hay dos maneras de escribir, de torear, de levantarse, de afrontar los días, de vivir. Sólo esas dos vías. Una de ellas conduce a la calidad, a la excelencia, a la obtención de los frutos deseados y a dejar en la memoria de los que vengan un mensaje de provecho. La otra extravía la brújula y nos enmaraña hacia el vacío. O el todo o la nada. O bien o mal.

Las dos vías son radicalmente distintas en esencia y en consecuencias. Si el buen hacer requiere sacrificio, paciencia, humildad, respeto, atención y espíritu de superación, la otra vía ofrece comodidad, displicencia, relajo y hasta un punto de indolencia. No es de extrañar, por lo tanto, que la senda estrecha y exigente se encuentre tan poco transitada y que, en cambio, la ancha vía se halle poblada por multitudes satisfechas de sí mismas. Los pocos sabios que en el mundo han sido escogieron no unirse a la mayoría para equivocarse. Por eso hay más alumnos que maestros. Más gente que vocifera que medias sonrisas comprensivas e inteligentes.

¿Y los fines? ¿Y los resultados? También contrastan. Dos mismos éxitos, iguales en apariencia, difieren hasta no tener nada que ver dependiendo de cómo los hayamos alcanzado. Ganar la cima de una loma en un trayecto sin sustancia no es igual, en ningún modo, que coronar un pico mediante la pureza. Desde el primero, ves a la multitud, tan perdida como tú, apta para ser manejada. Desde las alturas de lo bien hecho, los campos se abren como el fondo de un lienzo de Da Vinci.

Qué privilegio es contar con buenos ejemplos. Saber que se pueden tomar decisiones con la misma precisión que tiene el muletazo de Urdiales. Ser consciente de que hay que vivir con la verdad y la honestidad y la valentía del natural de Fortes. Es decir: incitar a la vida a que nos dé, no un grito etílico, sino un olé ronco, grave, casi susurrado, lleno de sabor.


Publicado

en

por

Etiquetas: