A la pregunta de dónde saco el tiempo ha llegado un momento en el que ni siquiera yo tengo qué decir. Normalmente, he solido contestar que de no ver la tele. Pero ni por ésas me salen ya las cuentas. Yo mismo, admito, he llegado a asombrarme de la rentabilidad de las horas.
Suena el teléfono. Llegan los mails. Pasan las semanas sin distinguir días libres o de trabajo: el trabajo ha acabado siendo ocio, y el ocio, trabajo. Lo que Hipócrates enunció del alimento y de la medicina yo he acabado llevándomelo al día a día.
No me estoy exhibiendo; ni lo pretendo, ni tendría sentido. Porque, de entrada, no estoy haciendo alarde alguno: jamás me ha sido tan liviana la tarea. Muchos años pugné por comprender la separación entre vida laboral y tiempo libre, hasta que la perseverancia, el no dejar de darle vueltas y, sobre todo, la suerte, disolvieron la dicotomía y me condujeron a este estado de actividad continua pero feliz, fecunda y exigente. Dice con su gracia natural, pero dando en el clavo como siempre, Paquito Ruiz, apoderado del diestro Tomás Angulo, tan queridos ambos: «En tus ratos libres haces Tendido Cero». Tiene razón Paco.
Hablo del tiempo. De la gestión del tiempo. Para otros las medallas y los merecimientos. Y aun así quedan horas al cabo del día para atender a lo básico: los seres queridos, la lectura, la escritura, la vida. No sólo el Nautilus diario, del que pronto daré novedades, sino el plan establecido de crecimiento y goce presente.
La otra tarde Víctor Hernández, además de Saúl Jiménez Fortes y David de Miranda, estuvo torero en Madrid. Estuvieron toreros los tres. Ellos no son el futuro. Son el presente. Crucé unas palabras con la terna de diestros a posteriori. Y me tomo la licencia de revelar la respuesta de Hernández, que se limitó a enunciar el modelo: «A seguir el camino». No queda otra.
Entre tanto vaivén, entre Córdoba, Madrid y Cáceres, da tiempo, no sé cómo, a mantener un aparte con los amigos de la tertulia. El Marqués hace balance de sus casi ocho décadas y se lanza, digno y sereno: «No me arrepiento de nada. Estoy en paz conmigo mismo». En la charla, me atrevo a sobrepasarme, abuso del cariño de mis contertulios y ejerzo de periodista donde no debo, es decir: pregunto con intención. Y ellos me responden generosos: casi todos mis compañeros de charla están jubilados desde hace mucho o van camino de estarlo, pues me sacan de media más de veinticinco años.
La edad. El tiempo. Las arenas que quedan por caer del reloj que las parcas dispusieron para nosotros. Esas arenas, que al principio parecían un desierto inagotable, van revelando, por su escasez creciente, cada uno de los granos que quedan por caer. Y entonces, cuando enfilas un tramo del camino con tanto trecho detrás, haces balance y juzgas, te juzgas: ¿he vivido conforme a mis propios criterios? ¿He sido coherente? ¿He sido un buen hombre? ¿He sido digno? Las arenas se gastan. Nos gastamos. Pero no es lo mismo llegar al final sintiéndose aprobado –en paz, repito– que inmerso en arenas movedizas, con un pasado fallido. Es seguir el camino, como dice Hernández. Es el día a día el que aprueba o suspende al futuro.
Al lío con eso, como suele decir mi querida Mara, otra que sabe. Saramago afirma que la muerte final es la suma de las muertes diarias. Bendito examen, que nos obliga a ser cada vez mejores.