Las alforjas

Cuando viajas tanto, cuando parte de tu rutina consiste en hacer el petate y echar a rodar por los caminos, pronto desarrollas la capacidad de rellenar las alforjas y arrear al mulo sin pensártelo demasiado.

Lo que no se te ha de olvidar nunca es la bolsa con los maravedíes, o sea, el dinero, la pasta, el talegaje. Y eso, hoy en día, se traduce en que la cartera atestada de carnés incluya euros suficientes. En mi caso, pocos, lo justo para ir tirando, dadas mis baratas aficiones. Pero siempre conviene llevar algo de más, por si te sale el inspector al asalto armado con un nuevo impuesto confiscatorio. ¿Efectivo? Siempre; la tarjeta, para casos de emergencia. No sé cuáles.

El aseo personal, las cositas del cuerpo, que no falten. Un hombre limpio y educado, que da los buenos días y agradece cada ida y venida del camarero, puede abrirse paso en la espesura de los días, callando el doble de lo que habla, observando, dejando las confidencias para la libreta de notas, esa confesora, la que nutre las crónicas, los cuentos y los versos.

¿Ropa? La justa. Los que vamos ataviados, a lo Machado, con un torpe aliño indumentario, nos apañamos rápido. Se aprende a que todo combine con todo, a llevar calzado cómodo, a no sobrecargarse con prendas que no vas a usar y a optar a un punto intermedio que te permita pasear por cualquier barrio, entrar en cualquier local sin desentonar más de lo habitual y poder entrevistar igualmente a un catedrático o a un mendigo.

El problema siempre son los libros. Porque pesan y porque nunca sabes qué vas a necesitar: ahí sí que comprendo a quienes esparcen un armario entero sobre la cama y dudan a la hora de hacer la maleta. La clave está en determinar cuál es tu estado de ánimo, o mejor dicho, cuál va a ser durante el viaje, porque ese factor es el que va a hacer que leas una cosa u otra. Qué hago, ¿me llevo el tomo de Inquisiciones y Otras inquisiciones que me llegó ayer de Borges? ¿Sigo con la imponente pero pesada biografía de Baroja? Que el libro sea pequeño, ligero, sí le otorga puntos a la hora de ser incluido en las alforjas. Porque así puedes llevarte varios, un abanico. No ha de faltar nunca un tomo de poemas: Góngora, prepárate, que te vienes. ¿Ensayo o novela de aventuras? ¿El amor entre los primitivos o La guerra de los mundos? ¿Lecturas nuevas o relecturas? ¿Algún cómic? No, que te los acabas enseguida. Es complicado, porque has de calcular bien y echar para que sobre: existe el miedo a que se te acabe la lectura, y en este temor nunca cuentas con que allá donde vayas seguramente te topes con una librería de barrio, con un quiosco, con no sé qué revista de ajedrez o sobre el crimen o sobre Roma.

Además, el ordenador para seguir escribiendo, y los cargadores del móvil y de la tablet –en la que llevas toda la biblioteca de Alejandría, por cierto, pero como cada vez te gusta menos leer en digital…–. Y las llaves. Y un par de mecheros. ¿Y algo más?

Una cosa. Tu cabeza. Porque cuando te vas de viaje, portas una mochila invisible pero muy influyente. La cabeza incluye la inercia que traes de tu vida. Y ahí también hay que procurar hacer limpia y no sobrecargarse. Pero qué le voy a hacer: llevo la cogida de Cristian Pérez ayer en Madrid. Y lo de Mario Navas,el sábado. Y la muerte de Juncal, que se me murió el sábado por la noche otra vez, cogido él en la Maestranza. Y todo lo que he ido escuchando sobre la guerra de los amos del mundo contra nosotros. Y cómo acabar la novela nueva. Y las expectativas de lo que voy a encontrar cuando llegue al destino del viaje, que son unas aspiraciones traicioneras y contraproducentes. Y los recuerdos de lo que viví en tal lugar, en caso de que repita destino, como es el caso, y que no sirven para nada, porque ni yo soy el mismo que fui el año pasado ni me van a pasar las mismas cosas ni allí va a estar Heráclito esperándome para recordármelo.

¿Pesan las alforjas? Que nunca lo hagan tanto como para detenerte. Que el mulo vaya ligero. Porque el mulo eres tú, acarreando recuerdos, desilusiones, esperanzas. Andando. A vivir.


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