La voz de Angulo

Los varios tonos de la llamada se suceden, uno detrás de otro. Largos, punzantes en su intermitencia, como pespuntes sonoros que van zurciendo el aire. Cada pitido supone una duda, una vacilación. No sé si lo oportuno es continuar con la llamada o si cortarla. No es momento de llamar, Manuel. Pero ha pasado más de un día. Hay que saber algo. Hay que, al menos, intentarlo. Otro tono. Corta, hombre. No. Espera. Uno más. Uno más. No. Sí, otro. Otro. El último. El penúltimo. A lo mejor no es el momento. Quizá su teléfono, prudentemente silenciado, se encuentra en el fondo de una mochila, o en un cajón, o dentro de un bolsillo de la ropa de calle, que aguarda, ella también, indecisa.

Y cuando la lucha interna se recrudece y alcanza su cénit, por no saber uno si está haciendo bien o no, descuelga. Y llega desde el otro lado del teléfono la voz de Angulo, de Tomás Angulo. La voz del amigo. Sobre ese sonido, escucho el mío propio, en un suspiro estirado como una larga cordobesa.

De inmediato, en apenas tres palabras, quizá ni eso, en la primera frase, queda patente que en su tono se condensan muchos matices –desde el cansancio hasta la hondura del que ha retornado y sabe que el mundo ya es distinto y que lo va a ser para siempre–. Para mí, ante todo, la voz de Angulo trae el brillo de la luz de un faro en la costa, el saber que el barco ha llegado a puerto, el inmenso alivio de comprobar por fin que, pese al naufragio de las cornadas en el ruedo, la embarcación, aunque maltrecha, triunfó sobre la tempestad y alcanzó tierra.

No sabía yo que se podía abrazar por teléfono.

La voz de Angulo posee, además, la determinación de quien conoce lo que ha ocurrido y lo que está por venir. Es la voz del que ya ha vencido porque se ha vencido. No son necesarias largas frases, explicaciones, parrafadas. Trae la música de esa conversación un discurso en cada palabra. No todos los días se habla con alguien que lo ha logrado, que se ha gobernado y al que, simplemente, el destino tendrá que seguir, puesto que él mismo se ha marcado el camino conforme a su corazón y a su voluntad. Desconozco cómo será la voz de los profetas o los iluminados. Pero sé cómo es la voz del hombre que se halla en pie incluso tumbado. Es la voz de Angulo, de Tomás Angulo, que no es que haya empezado el camino de retorno, sino que ha dado un paso más hacia su presente, en el que quedan incluidos todos los tiempos. Cuánto hay que aprender de ese tono, cuántas lecciones acerca de la dureza, la resistencia, la aceptación del propósito, el éxito, la verdad.

Lo que haga Angulo bien estará. En cualquier caso, no nos ha de faltar mesa en los Gabrieles o en mitad del campo, debajo de un olivo y con una bota de vino. Pero he dicho antes que no sabía que se podía abrazar por teléfono. Y sí que lo sabía, qué carajo, porque horas antes había hablado con Paquito Ruiz.

Es hora de dejar descansar al torero, de que el tiempo haga su trabajo, de que la carne obre de nuevo su milagro, de esperar al abrazo en persona. Pero después de su muestra de valor, capacidad y torería, el que ha sido derrotado es el olvido que lo amenazaba y que no habrá de volver.

Acuérdate, lector, cuando lo veas salir a hombros, de nazareno y oro, porque entonces sólo estarás asistiendo a lo que aún no ha pasado pero ya ha sucedido. Angulo, qué bien puesto está tu nombre, Tomás, azote de incrédulos. Y qué bien sonó tu voz, en ese momento, mejor que la del Camarón. A tu voz.


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