El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas: es ojo porque te ve. Este proverbio de Antonio Machado siempre me viene a la cabeza cuando reflexiono sobre la mirada. Y cada vez que lo escribo, me sale a continuación una columna. Veamos si vuelve a ocurrir, que los sortilegios nunca se saben cuándo se agotan.
El tema tiene su importancia. Porque nos pasamos el día mirando, observando, espiando, echando vistazos, intentando ver sin que nos vean. Esto lo hace muy bien Roca Rey, afortunadamente dado de alta ya: en la plaza, en el callejón o en el patio de cuadrillas, el peruano desparrama la vista de un lado a otro y va tirando instantáneas del entorno sin fijar la mirada en un punto concreto, lo cual utiliza para ver pareciendo que no ve, para mirar a los demás mirarle.
Uno siempre ha tenido fijación por el patio de Hitchcock en La ventana indiscreta. Ver la parte de atrás de la comunidad, contemplar esas vidas, estar al tanto de las pasiones, las miserias, los amoríos y hasta los crímenes de toda esa gente que luego baja a la calle a pasar por normal, a saludar cordialmente, a preguntarse por la salud y hablar del tiempo y los impuestos.
El sueño de un narrador, como el del científico, es la invisibilidad: poder asistir a la obra del teatro del mundo sin alterar lo que se está observando. Pero esto no es posible, porque la mera presencia del novelista y del físico cuántico ya varían al personaje y a la materia contemplada, de modo que Alonso Quijano, que iba a darse a la vida jubilada, entra en ebullición en cuanto lo mira Cervantes, y es entonces cuando se echa a los caminos y se mete a caballero andante, que es donde vamos a acabar todos como esto siga así. La mirada de Cervantes activa al Quijote.
Sin embargo, también te ven ellos a ti, que los estás narrando. También el Quijote ve a Cervantes y se inquieta ante la contemplación del brazo ausente y ante esa cara de fatiga y decepción, y ve lo que le está pasando al otro con Lope de Vega. Y quizá es entonces cuando decide montar a Rocinante y regalarle al pobre de su autor la mejor novela jamás escrita, en un acto de misericordia.
Te asomas a los abismos de tus personajes y resulta que ellos también te contemplan a ti. Volvamos a Machado. El ojo del personaje no es ojo porque el escritor lo vea: es ojo porque también él ve. La cosa creada mira hacia arriba y contempla al Creador, en mayúscula, que quizá albergó un impulso dador de vida precisamente para ser observado. Por exhibicionismo. Aunque luego haga como Roca Rey y finja que no mira y la criatura se le quede ahí, esperando a Godot.
Yo no miro adonde miras, yo te estoy viendo mirar, dice a su vez Pedro Salinas. Yo miro a Pablo Aguado mirar a Curro Vázquez. Y miro a la primavera preguntarse por nosotros, que tanto la observamos en busca de las señales del renacimiento de la naturaleza. Cuando la niña era pequeña íbamos al zoológico y nos pasábamos mucho tiempo donde los gorilas. Aquellos animales poseían en la mirada signos de evidente inteligencia y consciencia, y ellos nos miraban con la misma curiosidad con que los mirábamos nosotros a ellos. Hasta que un día la niña me lo explicó: «Papá, es que nosotros venimos para que ellos nos vean».
Hay que saber mirar. Hay que ser discreto. Un cronista ha de empaparse de todo cuanto le rodea aunque en el momento dé la sensación de que está a lo suyo, aburrido, deseando escapar al bar.
Se aconseja ser cuidadoso a la hora de mirar hacia afuera, porque a veces descuidas lo de dentro. James Stewart, impedido y obsesionado con cotillear, se entregó a lo que veía a través de la ventana y casi se le pasa que al lado tenía a Grace Kelly, entregada y dispuesta antes de cambiar de película y hacerse princesa en Mónaco. Y decirle que no a esa mujer sí que habría sido para tirarse por la ventana. No me digáis que no os habéis fijado. Que no habéis visto que está la primavera vestida de Grace Kelly.