La tormenta

Pareció enviada por Shakespeare, y no sólo por el nombre, sino por el instante en el que entró en escena, la tormenta que ayer tarde se desató sobre la plaza de Madrid. Urdiales empezaba a impartir una clase más de magisterio al natural durante el primer acto de la obra cuando tronó sobre el Foro y, sin más anuncios, irrumpió en escena el aguacero enviado por Ariel, el espíritu del aire. Ábranse los cielos y descarguen las aguas de arriba. Y que se produzca el giro de guión, el plot point, lo que hace avanzar la trama. Todo cuanto estaba previsto, eso para lo que te habías preparado, deja de valer, y el concierto de cuerda queda convertido de súbito en un desembarco de Normandía. ¿Y ahora qué?

Ahora, que se rasgue el forillo, que se estremezcan las tablas, que al toro de Alcurrucén lo alcancen las memorias del campo toledano, a los pies del monte, donde ante la lluvia buscó refugio en el hermanamiento con la manada y en el encinar. Teo González, el mayoral de la ganadería, me explicó hace unos meses, a la vista de estos mismos astados, sus costumbres en cada supuesto: qué hacen cuando aprieta el calor, cuando diluvia o cuando no pasa nada y se pueden dar a su indolencia bovina.

La mayoría de asistentes aguantó bajo la tormenta. Y prosiguieron los olés, porque Urdiales, lejos de salirse del papel, cumplió con el libreto y continuó declamando sus versos shakesperianos. Las tentaciones de pasarse a la prosa no hicieron mella en él. Precisión en la métrica y acentos colocados en su justo lugar. Ahí residió la gran lección: en mantenerse fiel a Shakespeare pese a que todo invitaba al naufragio.

Interrupción de la obra. ¿A casa, o habrá más? Habrá más. Habrá el olor a ozono en las verónicas de Fortes, después arrastrado a un remar a la contra en busca de la fluidez de las aguas. Y habrá la humedad calada en las telas de Parejo. Y un nuevo parlamento de Urdiales, alargando el poema en una profunda verónica durante el quite, y otro monólogo que pretendía ser un diálogo con el toro. Pero el toro no recordaba su texto, no recordaba que tenía que embestir, y medio arrancaba, porque olvidaba su papel, sin completar la frase. Y Urdiales, por lo bajini, le susurraba cómo había que continuar, y respondió a las palabras trabadas del animal como si se le estuviese dando la réplica exacta. Y sin importarle que a algunos, en el tendido, les saliera una protesta que en el fondo era la declaración de no comprender los rudimentos de la dramaturgia.

Qué hacer cuando azota la tormenta y se desdibujan los elementos del escenario. Cuando la magia de lo inesperado nos es contraria. Cuando nos preguntan lo que no entraba en el examen. Cuando lo más fácil es caer en el desgobierno propio. Pues eso mismo: lo que vimos hacer ayer. Telón.


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