La renta

Me llama Paco, y sólo por la forma de sonar el teléfono yo ya sé que se trata de su penuria de todos los años por estas fechas. Porque el móvil, en vez de tocar su habitual guitarra, llora, por toda señal.

Paco, qué pasa, hombre. Lo de la renta, ¿verdad?

Le ha salido a odiar, como siempre. Paco curra de lo lindo, en lo suyo y en algunas otras cosas, porque sus chiquillos comen más que la orilla del río y con el sueldo a secas no le llega. Su mujer también pasa todo el día fuera de casa en una empresa. Están ambos, en resumen, muy liberados del hogar, o sea: trabajando los dos para intentar conseguir un sueldo, dado que el valor de lo que se paga ha disminuido a menos de la mitad de lo que ganaba hace no tanto.

Pero le sale a odiar. Porque a Paco, mes a mes, el Estado le mete mano a la nómina y lo deja temblando. Él dice que está de acuerdo en que hay que pagar la educación y la sanidad, pero que no entiende que se la tenga que pagar él solo a todo su barrio.

Teniendo en cuenta la cantidad gigantesca de dinero que el Gobierno le roba en cada nómina, él pensaba que estaba en paz. «Pero la voracidad de esa máquina de empobrecer no tiene límite, Manué», me dice con hilo de voz. Él estimaba que con lo entregado durante todo el año había sido suficiente. Sin contar con que el Estado le sigue tomando su dinero en cada compra a través del IVA o en el atraco a mano armada cada vez que se acerca a la gasolinera, a la que él siempre entra ya con las manos arriba, entregándose y pidiendo diésel.

Sin embargo, lo desvalijado no fue suficiente y le ha salido a pagar, a pagar él. No sé cuánto. Lo suficiente como para que todo cuanto me propone durante los cinco primeros minutos resulte contrario al Código Penal.

¿Has marcado alguna casilla en concreto?, le pregunto por pegarle un capotazo y que salga de su lógica ofuscación.

Y sí, ahí viene lo mejor. Paco no ha marcado las clásicas, que no son de su interés, sino que ha creído oportuno presentar un anexo con casillas propias para que el Estado lo tenga más fácil.

«He marcado que le den un uno por ciento a las prostitutas de un local de la carretera de Burgos donde trabajó una prima de un concejal que fue conmigo al colegio. Y un 0’7 he indicado que se lo gasten en cocaína, que por lo visto es una sustancia sin la cual los engranajes estatales se atrofian y dejan de funcionar. Un dos por ciento he pedido que lo donen a causas sin sustento real, todo pura ingeniería social, para defender los derechos inventados y autopercibidos de una minoría selecta. Lo he puesto así, que con eso ellos ya saben a quién dárselo. Un quince por ciento he solicitado que sea tirado por el desagüe, directamente, para dar ejemplo. Y el resto, que se dedique a establecer un sistema de transporte para que personas que viven muy lejos de este país puedan ser traídas aquí, visto que vamos sobrados de trabajo, vivienda, educación, listas de espera…».

Paco, lo estás clavando.

«Clavado estoy yo. Pero no entre dos ladrones, sino entre dos impuestos. No sé si sobrará algo para enchufar a los amantes jovencitos del pez gordo de turno, o para que sus cuentas en paraísos fiscales sigan al alza, o si les dará para pagarse la propaganda, que es lo único que hacen con eficacia».

Paco no ha pedido para infraestructuras, para qué. Sabe que la única carretera en condiciones es la que han establecido entre el dudoso presente y un inminente abismo futuro. Y Paco, que no es nuevo en esto, defiende que nada de lo que está ocurriendo se debe a la casualidad o al error. Está minuciosamente calculado: desde las guerras que encarecen la energía hasta la traída de millones para que esto se colapse. ¿Y a ti, lector? ¿Qué te ha salido en lo de la renta? ¿A odiar, como Paco? ¿A llorar? ¿A reír por no llorar?


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