La primavera ha vencido y lo ha hecho a su modo: de forma constante, sin hacer ruido, sin discutir con quienes preferíamos seguir un tiempo más guarecidos por los meses fríos y sensatos del año.
Pero las yemas de los árboles se empezaron a abrir, llamadas por la voz callada e imposible de desobedecer de los ciclos de la tierra. Ha crecido la vegetación en los descampados, primero con timidez, ahora ya de forma indisimulada, como las loas a Morante. Y las hormigas han reanudado sus tareas fuera de casa, esa operación bikini a la inversa en la que ellas viven, preparándose para el frío desde el calor.
En los cielos ya estamos viendo que el crimen es continuo y superlativo, como cuadra a los psicópatas que lo llevan a cabo y a quienes lo permiten o no lo denuncian, tan culpables como los culpables. Es bastante probable que hayan robado unos cuantos días de lluvia abrileña, que es la que quieren los campos. Por toda España cae una sustancia blancuzca, como un maná maldito que impregna los coches, es inhalado por todo el mundo y que no tengo ni idea de cómo andan justificando en los medios de propaganda porque no veo ninguno de esos mensajes, aunque intuyo que estarán diciendo no sé qué del polvo de África. No suelen ser muy originales: en aquellos que sirven al poderoso prima la obediencia sobre la creatividad.
Pero la primavera, en fin, se encuentra por encima de la tragedia humana, y se extiende como el avance incontenible de un Alejandro convencido de que tomará todas las tierras a su alcance. Ni siquiera él lo pudo hacer. Y la primavera, tampoco, pero eso ella aún no lo sabe. Así que proseguirá confiada su conquista en el tiempo hasta morir en una inflación veraniega; o sea, que morirá de éxito. Y triunfará en su marcha sobre el espacio con la salvedad de que en el hemisferio sur ahora se vivirá la situación opuesta.
Están desatados los olores y mantienen su guerra invisible, que a mí me llega disminuida debido a mi escasa capacidad olfativa pero que a Yoda lo mantiene atento e interesadísimo. Ayer, pese a mi débil nariz, me llegaron oleadas de olor a jazmín en un cruce del bulevar. Traía ese aroma un poema adherido, unos versos enredados, pero al rato me di cuenta de que ya lo había escrito hace años.
La noche incita ya a la tertulia callejera, para espanto de los vecinos del barrio. Sólo quien lo ha sufrido sabe hasta qué punto pueden resultar molestos unos tipos charlando en torno a una mesa. Pero hasta que en octubre no cerremos la ventana vamos a tener que escuchar a esos chavales dando gritos entre bocado y bocado de kevap. Y a esos señores discutiendo de fútbol o sobre qué playas son mejores o sobre política o lo que se les ocurra para alargar una ronda más. Y a los de las motos, que pasan subrayando su ruido para que veamos que tienen una moto, sin comprender que no generan admiración, sino algo muy contrario.
Donde la primavera se torna amable y generosa es en el campo. Los caminos silvestres despertaron de su letargo mucho antes que las rotondas. A los árboles, que murmuran entre sí, hace ya muchas semanas, muchas, que vengo escuchándoles sus planes para hacerse con todo de un modo discreto e inmóvil, en una especie de polinización de la cordura. Los insectos desfilan orgullosos de sus impolutos uniformes de queratina, y son tantos y tan variados que es extraño no ver uno nuevo y sorprendente en cada paseo. Parecen estos bichos el resultado del juego de un dios niño e imaginativo que los hubiese confeccionado durante la clase de trabajos manuales –pretecnología llamaron luego a eso, quitándole todo el encanto–.
No se trata de estar a favor o en contra de la primavera. Se trata de que ha llegado. Ha vencido. Y sólo pasará cuando toque. Punto. Mucha gente querría pensar lo mismo del sistema inicuo que nos rodea. Pero el sistema está pensado para deshacerse y reinventarse y reencarnarse, con nuevos rostros y nuevas mentiras y nuevos crímenes.
Mientras tanto, mientras ellos roban y asesinan, al menos paseemos por el campo, presintiendo la inminencia de las amapolas de mayo, ese sarpullido en el que sólo reparan las abejas y los enamorados.