Bien sabido es el recado de Cristo: «Por sus frutos los conoceréis». Por sus frutos, por sus hechos, por sus actos. También lo advierte Battiato: «Si quieres evitar problemas, mira sus manos, no sus caras». Pero en tal prevención hemos de incluir a la palabra, a lo dicho, al discurso. Muchas decisiones se ponen en juego a la hora de hablar: la de expresarse, la elección del vocablo, el tono con el que se lanza… Luego el decir también es hacer. Y, por lo tanto, hemos de entender que «por sus palabras los conoceréis».
Esto significa que hemos de prestar mucha atención a las palabras que se escogen, especialmente cuando forman parte del discurso oficial, del discurso lanzado por el poder a través de sus instituciones o del ejército de sicarios con el que cuenta. Así, nuestras defensas intelectuales y sentimentales han de activarse nada más percibir el empleo de ciertos términos mediante los cuales el poderoso pretende moldearnos el modo de pensar. Ya sabemos que todo aquel que use expresiones como emergencia climática, cambio climático o calentamiento global nos está intentando vender la mentira de que hemos de aceptar la esclavitud por el bien del planeta. La lista puede antojarse inagotable. Solidaridad, para ellos, significa que te dejes robar, con el argumento de que, si no permites que te esquilmen, eres un egoísta.
En los últimos años han introducido nuevas entradas en su diccionario: migrante por inmigrante, ultraderecha como sinónimo de persona que no se pliega a la dictadura del sistema o, la última, crisis migratoria para evitar hablar de invasión. Crisis migratoria evoca la idea de un cataclismo sin autoría. Invasión, en cambio, obliga a poner nombres y apellidos a los promotores del hecho. A nadie con un par de neuronas conectadas se le escapa que la invasión de Ceuta no sería posible sin el concurso de los de dentro. Es decir: lo que están permitiendo no sólo tiene detrás a Marruecos, títere del anglosionismo, sino que evidentemente cuenta con la colaboración de las instituciones españolas, sin las cuales esta operación de guerra híbrida habría resultado inviable. Claro está, partimos del hecho de que todo es un tinglado en manos del mismo grupo criminal.
Por sus palabras los conoceréis. Es muy útil esto, porque distingues con rapidez al adoctrinado, al sicario del sistema o al bobo, y ya es responsabilidad tuya saber si te dejas llevar al lodo de sus mentiras o si te mantienes limpio.
La palabra, en fin, no sólo es un hecho: es un símbolo. Y emplearlas bien, desechar palabras preñadas de mentira, simboliza nuestra libertad.