Cómo ha tocado nervio un tuit que escribí ayer acerca de la película La Odisea, de Christopher Nolan. Cuando eso ocurre, el columnista huele la sangre, porque es señal de que ha pulsado la tecla oportuna. Decía así mi mensaje: “Me acabo de enterar de que La Odisea de Nolan es un tratado de wokismo. Con las ganas que tenía de verla… En fin, aprovecharé ese tiempo para leer a Homero y no para recibir catecismos agendistas 2030. Qué pena”.
La mayoría de comentarios apoya mi sentir, pero también los hay que se descuelgan contrarios, como es lógico. Alguno ha echado mano de modelos de respuesta ya implantados –probablemente, desconociendo que hace uso de una plantilla recibida– espetando con pretendido y fallido sarcasmo que Nolan debe de estar muy preocupado por mi mensaje. Algún otro me invita con saña a tener criterio propio. Está bien. Si sales a gritar a un patio, no has de tomar a mal recibir algún improperio desde los tendederos. Si opinas, has de saber admitir que te contraríen, de forma totalmente legítima, amén de que si te pronuncias contra el sistema has de estar avisado de que éste responderá a través de su ejército de subcontratados o de gente abducida.
Pero no se trata de eso, sino de ir al meollo de la cuestión. ¿Por qué La Odisea anuncia ser un tratado wokista, como yo decía ayer? No he visto la película, obviamente, y lo que afirmo lo hago a raíz de un tráiler en el que se ha desvelado que Helena de Troya está interpretada por la actriz negra Lupita Nyong’o.
Aquí lo explicó muy bien el director Bajo Ulloa hace unos meses, cuando se refirió a ese proceso según el cual la administración, si quieres aspirar a la subvención para tu película, te envía un informe valorativo sobre el proyecto, entrando de lleno tanto en el contenido como en la diversidad –así le llaman–: te falta un personaje transexual, dos negros y un sordo calvo, pongamos por caso. Y entonces, o accedes a introducir en tu obra todos los delirios que se le haya ocurrido al ignorante pero obediente censor de turno, o despídete de tu obra. En Hollywood llevan manejándose así décadas: todo lo que nos llega es extensión de aquello, dado que somos una colonia yanqui.
Por regla general, el director accede y crea ese engendro buenista que aspira, en última instancia, a ofrecer un modelo de sociedad que sólo está en la cabeza de quienes trabajan para deshacernos e implantarnos sus esclavitudes. Y el hecho de que a Helena de Troya la encarne una negra, por muy buena actriz que sea, lo ignoro completamente, ya es signo inequívoco de que esa película ha sido tutelada, guiada, modificada y dictada por los esclavistas promotores de la Agenda 2030. Nada más. Nolan puede ser un gran creador, yo qué sé –a mí me encantaron sus películas de Batman y Origen–. Sin embargo, que haya tomado esta decisión revela que, o bien ha accedido a reinterpretar o usar La Odisea para vender la propaganda ideológica de los dueños del cortijo en la actualidad, o él mismo está de acuerdo con tales presupuestos. Y sabemos que semejantes ideas, miedos y odios, los que se desprenden desde el poder hacia las masas, se hallan siempre encaminados, por definición, a mantenernos alejados de nosotros mismos, obedientes y de acuerdo con la esclavitud que proponen.
De modo que, sí, qué pena. Amo La Odisea con una pasión desmedida que me nació de niño, cuando Ulises se me quedó grabado como ideal de héroe, aunque luego he matizado su figura, encontrándole sombras que aquel chiquillo de ocho años fascinado por una lectura del libro de Lengua de tercero de EGB no podía percibir. Amo la narrativa de esa gran obra inaugural. Amo cómo establece el molde que después hemos ido utilizando para contarlo todo. Amo a Homero, del que ni siquiera sabemos si existió. Y amo La Ilíada, tan distinta, tan bien reescrita literariamente por Alessandro Baricco, prueba de que sí se puede volver al escrito y trabajar sobre él de un modo honesto y fructífero.
Amo la libertad. Por eso no me interesa esta Odisea 2030, que por el mero hecho de tener a una actriz negra como Helena ya evidencia que ha pasado el filtro del nefasto multiculturalismo, de esa nueva religión que están fraguando para conducir al rebaño al matadero. Y cada cual que haga lo que quiera, lógicamente: yo sólo expreso mi opinión y mis razones, sin decirle a nadie lo que ha de hacer. No se va a caer el sistema porque yo no pague una entrada de cine ni Nolan se va a desvelar por esta columna, que evidentemente no existe ni existirá para él. Pero a ver si para 2050 ha finalizado la dictadura de esta gente y al Nolan de la época le dejan contar bien lo de Ulises. Hasta entonces, seguiremos remando, regreso a Ítaca. A ver dónde llegamos.