De entre los mayores dones que se pueden recibir, el de la naturalidad supone uno de los más preciosos. El no forzar las cosas, el que fluya la acción, la palabra, la reacción inmediata en la conversación. Cierta vez me preguntó alguien acerca de cómo se puede fingir la cultura, y yo le respondí, honestamente, que sólo hay un modo de fingirla: no tener que hacerlo. Se puede aplicar esto a cualquier ámbito.
Todos conocemos a gente de natural espontáneo, agradable, de buen trato. Son un regalo estas personas, que con tanta facilidad se relacionan y que miran a los ojos al hablar, frente a esas otras en las que la rueda se atasca, con las que sientes que a la maquinaria le cuesta, que chirría. Y no hablo de los tímidos, porque la timidez es tema aparte.
Y la acción, la naturalidad en la acción. Admiro a quienes se dedican a una tarea y la realizan con soltura, dominando el asunto. Pienso en los dibujantes y en los pintores. Cuando el lápiz se desliza por el folio y aparece un rostro, una silueta, una figura reconocible, que además está dotada de movimiento, de equilibrio y de volumen, siento que esa muñeca es privilegiada. Te acercas en el Prado a los cuadros de Goya y aprecias el trazo único, de un golpe, con el que ha perfilado un ojo. Mi hija tiene ese don, por cierto, pero no lo valora porque lo considera algo común: todavía no se ha dado cuenta de que lo que ella hace sin esfuerzo no está al alcance de muchos.
Pienso en esto constantemente para aplicarlo a la escritura. De entrada, para dominar una disciplina hay que entregarse a ella, vivir para ella. Sí, cierto. Pero alcanzar el estado de gracia que se aroma con la naturalidad me parece que se sitúa un punto más allá. Porque habla de una personalidad limpia, de un alma limpia, si queremos expresarlo así, que no contiene dobleces, rugosidades ni sombras.
Me fío de la gente que no habita en un escaparate, que no hace las cosas para la galería. En el Hospital General de Córdoba, el señor que organiza los turnos por la mañana para los que van a sacarse sangre es un espectáculo. Sonriente, pequeño, con un bigote que parece haber heredado de su padre, el hombre domina la situación con una soltura digna de encomio. Jamás se pone nervioso, atiende a todos, es eficaz, aguanta carros y carretas, nunca responde con un desaire. Es admirable. Y no se le ve el esfuerzo. O se lo queda para sí.
Stevenson es natural. Y Machado. Y la mayor cualidad de Cervantes es esa claridad en el fluir de su verbo, a la que acaso no hemos logrado volver. Es por ahí. Hay que exudar naturalidad y emplear el cuerpo como herramienta para que se exprese el alma –y viceversa–. Que no sé si se aprende, por otra parte. Pero algo se nos pegará, digo yo.
Por eso me es imprescindible ver hoy en Madrid a Diego Urdiales. Porque deseo, no ya escribir, sino vivir como torea él, con esa categoría, con esa verdad, con esa precisión, con esa naturalidad.