La memoria

Estoy con Stevenson cuando sostiene que la capacidad para olvidar que posee el ser humano es la que le permite seguir caminando. Porque, sin olvido, acaso se mostrarían intratables el rencor, el miedo o el dolor. Cada mala palabra recibida seguiría resonando como una sentencia. Cada herida, por nimia que fuese, continuaría sangrando pasados los años. El olvido es cicatriz, consuelo, cura, sanación, supervivencia. Olvidamos a los enemigos, a las novias, a los vecinos, y olvidamos los anhelos y las fobias y las esperanzas que nos ocupaban. Se salvan de la quema del tiempo apenas un puñado de nombres y de anécdotas. Y no es descartable, a estas alturas, la posibilidad de que muchas de esas vivencias sean fruto de la distorsión más que del recuerdo. ¿Y si también a todas esas gentes nos las hemos inventado? Aquel pobre hombre que se quedó cargando con la jovencita díscola y obsesiva y que liberó nuestro futuro. El poeta que se obcecó en seguir escribiendo sin que le alcancasen las luces del amanecer y la creación. La niña recién nacida con su olor a futuro. El amable señor que me saludó antes de ayer, llamándome por mi nombre, y del que nada recuerdo.

Sobre qué precario equilibrio nos sostenemos entre el olvido y la memoria. No es posible vivir teniendo que empezar de cero cada mañana. En el lado opuesto tenemos al Funes de Borges, aquel personaje incapacitado para olvidar y al que el mundo le terminó resultando insoportable. Y en medio de ambos extremos, nosotros, que recordamos cómo se llamaban nuestros compañeros de recreo a los seis años pero que no sabemos decir qué comimos ayer.

Que nos apretemos en el presente, esa peculiar bisagra entre lo que fue y lo que será, no nos impide reconocer que en los pliegues de la memoria se nos van quedado ocultas muchas dobles páginas. Cuántos momentos deslumbrantes, cuántas emociones, cuántas veces que creímos haberlo conseguido, habernos liberado, haber dejado atrás algo o a alguien para siempre, cuántos olimpos alcanzados quedan archivados en el trastero del pasado, maltratados por el pésimo archivero que somos.

Siempre aconsejo a quienes acaban de ser padres que apunten las frases geniales que sus hijos comenzarán a decir en cuanto se les suelte la lengua y se echen a la aventura del lenguaje, antes de que la escolarización les venga a hurtar la imaginación, el desparpajo y la alegría. Yo llevo haciendo eso quince años, y en ese listado de sentencias arrolladoras no sólo aprecio una cronología y el crecimiento de la heredera de la biblioteca –que supongo que malvenderá a una reencarnación mía–, sino que recuerdo, como hipnotizado por Hitchcock, una vida de la que no hace tanto pero que se antoja ya tan lejana como una prehistoria.

Escribir te permite entrar en un extraño trance mediante el cual se revive cuanto fue. El poeta, que es un fingidor según Pessoa, finge tan bien que siente de veras lo que simula. El poeta es un consentido de la memoria, porque en cada octosílabo recibe como herencia la música de una infancia que no acaba de apagarse. La voz de quienes se fueron resuena en un endecasílabo, o en una asonancia, o en cualquier rima interna. Y llegan, anticipadas, las cosas venideras, ciertas alegrías futuras, silencios que aún no han ocurrido.

Qué extraño es el tiempo, qué extraño nuestro modo de entendernos con él. La memoria y el vaticinio nos convierten en un Jano que mira a la vez al pasado y al futuro.

Ya no recuerdo qué vine a escribir hoy. Habrá quedado la idea para otro día, supongo, olvidada junto a los juguetes que se nos rompieron.


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