La lucecita

Es lo primero que hago al entrar a la biblioteca cada mañana, cuando normalmente no ha amanecido aún. A tientas, le doy al interruptor y se enciende una lamparita, una pequeña luz ambiental que se encuentra en una balda junto a libros de pequeño formato, poesía y una foto de cuando la niña era pequeña y yo no tenía canas y aún cabía la inocencia de pensar que no era el mal sino la mera estupidez quien gobernaba el mundo.

La luz cálida de la lámpara no da para nada, no es más que una rasgadura lumínica en la oscuridad. Después he de encender la otra, una lámpara de pie. Pero por lo pronto, esta primera lucecita me gusta, porque es como la chispa primera de dos piedras entrechocadas, que al caer sobre la hojarasca prende la hoguera. Tan cálida, es el latido inaugural. Esparce su modesta luminiscencia y apenas alcanza a las estanterías de enfrente, donde he sorprendido alguna vez a los autores desperezándose. Torrente Ballester, Michael Ende, Mary Shelley, Herman Hesse… Buenos días, señores, ya estamos aquí otra vez para iniciar el rito de las palabras, a ver hasta dónde nos lleva hoy. A ver qué inventamos. A ver qué descubrimos.

Es mínimo el tiempo entre el clic de esta primera llama y el de la verdadera lámpara –que, a su vez, luego apago cuando entra el sol por la ventana–. Pero a veces me he visto tentado de mantener el paréntesis de luz. Y sentarme así, en la penumbra anaranjada, a observar la biblioteca, todavía dormida, con sus miles y miles de horas posibles extendidas ante mí. Si entonces me levantase, escogiera cualquier tomo y me pusiera a leer, el día quedaría interrumpido, la vida se pausaría, acaso la jornada no acabaría de arrancar y los demás seguirían durmiendo hasta que yo terminase el libro.

Ojalá funcionase así. Ojalá la marabunta del tiempo respetase las lecturas. Pero no. Es hora de posar las manos sobre el teclado y de reinventar el mes de abril, de darle forma a los cielos antes de que los otanicen por nuestro bien. Es hora de que las yemas de los dedos entren en comunión con el alfabeto para que ocurra otra vez el ritual de las letras.

Pero si la pequeña luz no alumbra y además tengo otra, ¿para qué la enciendo?, preguntará alguien con mucho tino. Pues como algo supersticioso, neolítico, algo tonto incluso. Porque pienso que esa luz pequeña y fundacional va a iluminarme la escritura. ¿Os lo podéis creer? Lo sé. Sé que se trata de una manía más propia de toreros o de Nadal o del Cholo Simeone –que ayer olvidó encender su propio candil y anduvo a oscuras hasta la pesadilla nocturna–.

En ocasiones, no obstante, he entrado en la biblioteca ya de día y he olvidado encender la luz inspiradora. Y no me he dado cuenta hasta que he terminado de escribir. Y no he notado que ese día la cosa fluyera menos, o que estuviese especialmente atascado, o que se me fundiesen los plomos y la voluntad y los recursos, como al Atleti anoche. No. Lo cual significa que escribir es una cuestión de ponerse. De constancia. De hábito, que por supuesto que hace al monje. De querer.

¿Simplemente? Durante años pensé que sí. Que cualquiera podía hacer cualquier cosa si se esforzaba lo suficiente. No sabría decir cuándo me di cuenta de que no. De que hay que saber. Aprender de los que saben. Ir a buscar los métodos y las maneras. Equivocarse mucho. Estar a punto de rendirse otras tantas veces. Perseverar. Entender que lo que haces constituye una misión, un propósito, una razón. Y algo más, aunque esto sea difícil de asumir: hay que haber nacido con una chispa original, con una lucecita interna, que se trae o que no se trae.

Hablo de escribir, pero esto se puede aplicar también a otras disciplinas. Les pasa a los toreros, a los futbolistas, a los médicos de verdad, a los profesores que quedan, a los camareros, a las limpiadoras y a los amantes. Esa luz, la luz primera, la que nos permite ver lo suficiente como para no despeñarnos. Y que no se encuentra en la estantería, junto a Juan Ramón Jiménez y Juan Rejano. Es una luz que va por dentro. Que viene de serie. Que tiene propósito, no como la V16 –que, por otra parte, también tiene su propósito, aunque sea el de seguir desvalijándonos–.

Ya ha salido el sol. ¿No os decía? Y luego está eso, claro: la luz que nos viene de arriba y que, por mucho que lo estén intentando, nos sigue alumbrando.


Publicado

en

por

Etiquetas: