No recuerdo dónde adquirí el ejemplar de Un año de mi vida, de Miguel Delibes, que ahora llevo en el bolsillo de un lado a otro, de Valladolid a Salamanca, de los cafés a los parques. Supongo que en alguna librería de segunda mano; de lance, se les llamaba antes. Me gustan los libros de la editorial Destino, más viejos que yo, porque caben en poco espacio, tienen aire artesanal y huelen a papel que ha atrapado el aroma de los años.
Se trata de un encargo que el editor hizo a Delibes, cuando le pidió que anotase una especie de diario. El pucelano, en principio, rechazó la propuesta, porque no sentía que tuviese mucho que decir. Pero a los pocos días se sorprendió garabateando párrafos, sin una idea muy clara de hacia dónde iba aquello. Pronto la costumbre le dio alas, y así se fue construyendo el libro, con miradas hacia la actualidad, comentarios sobre la caza en Castilla, encuentros personales, charlas compartidas y reflexiones sobre el hecho de escribir –me cuesta hallar en este punto algún desacuerdo con él–. Delibes es un narrador honesto, no hay diferencia entre el escritor y el hombre, no practica la impostura ni la escenificación. Me recuerda, en fin, a esto que yo me traigo con el Nautilus, que comenzó como un modo de dar curso al columnismo que uno lleva dentro pero que ha acabado constituyendo la razón por la que levantarse e introducirse en la jornada, no siempre halagüeña. Una vez escrito, ya no hay más remedio que lanzarse a la vorágine, a vivir, hasta que llegue la noche con su dulce rendición.
Lo leo a sorbos. Anoto algunas frases. Me detengo. Releo lo que acaba de impactarme. Enciendo un cigarro y me quedo mirando al frente, a la nada, pensando sobre lo leído. No soy capaz de avanzar más de quince páginas seguidas sin sentir la necesidad de echar a andar para rumiar lo que acaba de decirme Delibes.
E insisto, no recuerdo dónde compré el ejemplar. Son tantos tumbos, tanto ir y venir por librerías de distintas ciudades, que vete a saber dónde lo encontré. Tampoco puedo precisar el tiempo que ha aguardado en la estantería donde tengo a Delibes, esperando a que llegase la hora de su lectura. El caso es que cuando lo abrí el otro día, en Campo Grande, en Valladolid, lo primero que ocurrió fue que salió de entre sus páginas el negativo de una fotografía que un anterior propietario dejó ahí olvidado, o quizá con la intención de que los lectores del futuro diesen con él. «Hay hojas dentro de hojas», reza un verso que escribí hace muchos años refiriéndome a esos hallazgos con los que nos sorprenden algunos libros. Curioseé al trasluz el negativo de la fotografía. Cinco colegialas, vestidas con sus faldas de cuadros y jerseys, miran a cámara. Están en un patio de colegio. No saben posar o lo hacen torpemente. Les calculo entre doce y quince años. ¿Fue alguna de ellas la propietaria del libro? ¿O la hija? ¿Qué ha sido de ellas? ¿Están vivas? ¿De dónde son? ¿Cómo han transcurrido sus existencias? No se trata ya de un año en la vida de Delibes, sino de varias décadas en las vidas de estas jovencitas. Por la estética, diría que la foto fue hecha entre los setenta y los primeros ochenta, de modo que estas mujeres me sacan algunos años, no demasiados.
A Delibes le hubiese encantado saber que dentro de su libro quedaba recogida la historia de cinco mujeres. Y eso es la literatura: cinco cuentos en cinco rostros. ¿Serán amigas todavía? ¿Qué les ha dado tiempo a leer? ¿Son charlatanas, alegres, melancólicas? ¿Siguen manteniendo la esperanza?
Los lectores estamos exiliados del tiempo, atrapados en una narración mayor, fascinante. Por eso no atendemos a tontadas. Estamos posando para ese tipo de fotos librescas que nadie verá. O sí.