La espera

Vivimos esperando. Si contamos la cantidad de horas acumuladas que aguardan el siguiente acontecimiento, quizá tengamos que admitir que constituyen mayoría –exceptuando el tiempo dedicado a dormir, esa manera de esperar el despertar–. Que vengan el ascensor y trenes, que avancen el atasco y la cola en el supermercado, que al camarero le dé por pasar… Son esperas cotidianas, diarias, de proximidad, podríamos decir.

No sé cómo lo hacíamos antes. Ahora, desde luego, ves que nadie aguanta ni quince segundos de paréntesis, que en seguida se saca el móvil para rellenar ese tiempo mínimo mirando cosas, memes, titulares, fotos, yo qué sé.

Desde joven, me acostumbré a llevar el libro y la libreta de notas. Cualquier momento era bueno para echarse un trago de letras, un párrafo, una paginita. Como si el libro fuese una cantimplora para no quedarse seco en mitad de la jornada. La libreta es una memoria pequeña y eficaz que te permite no olvidar el verso inesperado en el parque, en la terraza, en la ITV.

Existe, en fin, un horror vacui, un temor al tiempo que se nos queda suelto, deshilachado. Y me atrevo a afirmar que a lo que se tiene miedo no es tanto al vacío, en sentido estricto, ni a la nada, ni siquiera al aburrimiento. Se teme a la voz propia, no sea que la loca de la casa empiece a hablar, a pensar, a recordar, a recriminar. Puede ser duro convivir con ese señor del espejo que todo lo sabe y al que no se puede engañar.

Y luego están las otras esperas, las que nos ocupan a largo plazo. El niño que mira hacia el horizonte de la adolescencia. El joven que aguarda a la novia. El aficionado que se debate mientras el VAR confirma el penalti. El trabajador quemado de lo suyo que, desde principios de septiembre, vive pensando en los puentes de otoño, en la Navidad, en las vacaciones del próximo verano.

Vivimos esperando. Pero los buenos dramaturgos y guionistas saben que, más que el acontecimiento, lo que nutre de contenido a la obra es la inminencia del hecho, así como las consecuencias del mismo. Es decir: lo de antes y lo de después. La espera y la resaca. Los griegos ya descubrieron esta asombrosa cualidad de la vida sobre el escenario, que también, de forma no menos asombrosa, se corresponde con la existencia real. El parto viene precedido de nueve meses de gestación, de dudas, de dicha contenida, de esperanza. A la muerte la antecede la vida, que quizá podamos considerar, por lo tanto, otro período de espera. ¿Y qué hacemos, entonces? Porque no se trata de que se nos caigan las horas de vida como flechas sin utilizar y que cuando vayamos a echar mano de ellas nos encontremos desarmados.

A mí me alivió el descubrimiento de que ese tiempo que aguarda es tierra fértil. Y que se abona con paciencia, imaginación y sosiego. Llegan entonces ideas, personajes, decisiones. Algunas de éstas, arriesgadas, requieren de un acto de coraje. Y ese valor del que después haremos uso se gesta precisamente mientras avanza la cola en lo del Ayuntamiento o mientras el tipo de delante se lía en la gasolinera y te obliga a permanecer en tu asiento, dudando si caer en la impaciencia o si no te dejas robar y empleas ese tiempo para bien.

La espera nos habita, debemos admitir. Siendo así, ¿cómo hacemos para que el tiempo nunca sea perdido? ¿Cómo la habitamos nosotros a ella? Quizá el problema no sea esperar, sino hallarnos ausentes cuando esperamos, cuando podemos ser más nosotros mismos, con el tiempo detenido, todo nuestro.


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