La constancia

Una pregunta que hago frecuentemente a los toreros es la que se centra en la dificultad de tener que luchar por conseguir un logro, pero no de manera esporádica, una vez, sino de forma constante, continuamente. Todos los días. Siempre. Alcanzas tu meta, paladeas la satisfacción de lo alcanzado, te vas a dormir y a la mañana siguiente ves que la noche se llevó lo anterior hacia el pasado y que la nueva jornada te exige regresar a la tarea para comenzar de nuevo.

No es fácil pisar las estancias de lo exitoso, entendiendo por éxito la consecución de aquello que te propusiste y por lo que tanto has trabajado. Pero la empresa adquiere tintes casi de imposibilidad si lo que planteamos es llegar una vez, y otra, y otra, y otra… Y ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, que clama Luis Aragonés con razón.

Ayer me acosté satisfecho con lo escrito. En dos sesiones, de mañana y de tarde, llegaron los textos, me ocuparon las horas, los lidié con paciencia y entrega, escuchándolos, dándole a la tecla hasta comprender qué querían que yo dijera por ellos. Sin embargo, hoy amaneció con más tarea aguardando. Más folios en blanco que reclaman mi tiempo. En este punto de la columna, tú, lector, le echas un vistazo y la ves completa. Yo, por contra, en este mismo instante contemplo un vacío que se parece al bloque de piedra de Miguel Ángel. Sé que la existencia de la columna depende de eliminar las palabras que no son para dejar únicamente las que son.

De igual modo que en el toreo o en la escritura, la vida misma se nos ofrece como un abanico de opciones que nos obligará a tomar decisiones. La imbecilidad, que ya sabéis que tanto me interesa, tiene mucho que ver con esta circunstancia, pues en gran medida lo que hace el imbécil es dejarse llevar, imitar, para así no tener que pensar, no tener que esforzarse en elegir, acción que consume una cantidad ingente de energía. Por eso la idiotez tiene tanto de colectivo, porque nuestra condición gregaria nos empuja hacia ese copiar lo que otros hacen, de forma temeraria pero cómoda. No acabar ejerciendo de tonto cuesta una enormidad.

Actuar consciente pero a la vez constante es la única vía de garantizarse un modo correcto de manejarse –casi diría que un modo correcto de equivocarse–. Fernán Gómez lo explica a la perfección cuando define las distintas edades: el joven vive en un desconocimiento absoluto de lo que va a ser de él; sin embargo, el viejo cuenta con la certeza de lo que ya ha sido. El anciano, como esta columna, lo tiene todo prácticamente dicho, y si anhela otros comienzos o desarrollos, eso ya no tiene vuelta atrás. Sólo se puede enmendar la siguiente línea, no la anterior. Y es que el tiempo vivido, a diferencia de la escritura, no consiente rectificaciones.

Es fascinante esto que nos traemos: depende de nosotros. Va en serio. Hoy sigue siendo siempre todavía.


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