La claridad

La oscuridad le es hostil al que ama la luz, dice el maestro Battiato. Y tiene razón en todos los sentidos, no sólo en el metafórico, que también.

Y en tiempos tan oscuros como los que nos está tocando padecer, por encima de todas las agresiones que estamos sufriendo por parte del sistema, algo hay que agradecer, algo hay a lo que aferrarse, y es la claridad con la que vemos todo el asunto. Cristalina está la cosa, como corroboro cada vez que hablo con desconocidos y entablamos una conversación sobre lo que pasa. No es uno, ni dos, sino todos, sin excepción, y son muchos, innumerables, y distintos, quienes me dicen que así es, tal y como lo describimos. «Llevaba años sin escuchar decir las cosas tan claras», insisten mis numerosos interlocutores. La claridad, entonces, la claridad.

Vemos con claridad, en España ya resulta irreversible, que todo el tinglado que nos tienen montado desde al menos el 78 es un artificio que sólo posee un fin: empobrecernos y esclavizarnos, mientras ellos se pegan la vida padre a costa de nuestro esfuerzo, de nuestro presente y de nuestro futuro, y del de nuestros hijos.

Qué diáfano se muestra hoy por hoy el hecho de que no existen bandos, derechas, izquierdas, tendencias o grupos. Son todos, al completo, contra nosotros.

En las últimas semanas hemos asistido a la quema del bosque y del monte por parte del sistema, con órdenes explícitas admitidas desde los equipos de extinción de no intervenir para dejar que arda todo. Lo de Ceuta evidencia el teatro de todas las instituciones, desde el Gobierno que soportamos hasta la UE que nos parasita. Se trata de una nueva operación coordinada desde arriba que nos cuesta un dineral y a resultas de la cual se nos quedan dentro nuevas decenas de miles más de desocupados a los que sostener a costa de lo que nos roban en impuestos, amén de que darán todos los problemas que es de esperar, pues para eso los traen. Mientras tanto, contrastan las imágenes de la realeza en el dorado retiro balear, con sus medios de propaganda hablando de estilismos mientras que en el surtidor de gasolina el atraco no cesa. «Que coman pasteles», pone en boca de María Antonieta el mito de Rousseau, en tiempos prerrevolucionarios, cuando le advirtieron de que el pueblo no tenía pan.

La claridad con la que observamos la estafa de décadas lo alumbra todo. La oscuridad es hostil para aquellos que aman la luz. Y la luz del entendimiento nos va llegando como una dádiva salvadora a medida que se acrecienta el dolor provocado por un sistema inmisericorde al cargo del cual han colocado a los sicarios más cruentos. «¿Y qué podemos hacer?», es la pregunta que más se repite, casi agónica. De entrada, no perder de vista la claridad que tanto hemos tardado en alcanzar. No dejar de ver claro. No volver a enmarañarnos en las obscenas mentiras con las que llevan cincuenta años ahondando en la disolución de una sociedad castigada, harta y paciente hasta la culpabilidad propia de quien colabora con su verdugo.


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