Juana

Cómo. ¿No he hablado todavía de Juana? Tranquilos, que eso lo arreglamos hoy mismo. Porque su caso es digno de ser conocido. En el barrio, de hecho, no se comenta otra cosa.

Juana, viuda y madre de tres hijos y cuatro nietos, mujer amable y de buenos sentimientos, cuando murió su Anselmo empezó a tener fobia al silencio y convirtió a la tele en la voz que la acompañaba desde primera hasta última hora. Su hijo pequeño, Carlos, que fue el que se quedó en casa, cuenta la manera en la que el locutor del informativo llegó a habitar su hogar de un modo continuo.

Ahí imaginamos a esa mujer tan peripuesta y bien peinada, o a ese serio señor con su traje y su corbata, los presentadores, todo el día hablando y hablando, contando por ejemplo que el Gobierno ha regularizado a medio millón de foráneos y que se esperan inminentemente dos millones y medio más. No sé ahora, disculpadme el inciso, si lo mismo que con la palabra inmigrante han dado la orden de ingeniería social de hablar de migrantes, con foráneo han hecho igual y ahora la moda es decir oráneo, ráneo o áneo. Perdonad si es así y yo no me he enterado.

Carlos sí se ha enterado de todo, pues menuda le cayó. Asegura que su madre no prestaba mucha atención a la tele, que lo único que hacía era tenerla de fondo para que el silencio no le recordase la ausencia de Anselmo. Lo que sí sabemos es que, en un momento dado, Juana, con buen corazón y mejores intenciones, empezó a subir a casa a gente a la que daba de comer. «Pobrecitos, hijo –recuerda Carlos que le decía– nosotros tenemos poco pero, al menos, que no les falte un plato de comida». En casa de Juana nunca sobró el dinero. La pensión de viudedad que le quedó y el sueldo de camarero de Carlos no se podían estirar más. Las hermanas de Carlos no sólo no tenían capacidad para ayudar sino que también reclamaban una mano de la madre. Y total, a quién se le niega un capotazo. Pero no fue uno. Pronto fueron diez. Y veinte. Y cincuenta. Juana, poseída por unos irrefrenables deseos de socorrer a quienes no pertenecían a su casa, ya no sólo ofreció comidas y cenas, sino que puso colchones para que se quedasen a dormir. «Estas pobres familias con tanto niño…», dice Carlos que decía. Pero Carlos no veía a familias ni a niños: sólo a señores de cierta edad, algunos de ellos mayores que él claramente, con barba cana.

La voces de la tele se congratulaban con la llegada de los recién llegados y de todos los millones a los que se esperaban. Aseguraban las pensiones, el país, el futuro… Juana, mientras tanto, comenzó a pagar en la farmacia todo aquello que necesitaba esa legión de gente que había acogido. Su exigua paguita, para ellos. Y también el sueldo de Carlos, que hace mucho que renunció a soñar con comprarse una casa propia, se destinó íntegramente a las necesidades de los recién llegados. No se sabe de dónde venían tantos, de qué barrio, pero sí sabemos que los traían en autobuses y que sólo a cien metros de la casa de Juana los bajaban para que llegasen andando y dijesen que venían a pie desde lugares lejanísimos. Carlos, en esos autobuses que los traían, apreció ciertos logos oficiales y un enorme signo de sumar de color rojo.

Las hijas tuvieron que dejar de ir a casa de su madre desde que pasó eso en el portal con la mayor. Juana, por otra parte, no hacía otra cosa más que afanarse en atender a sus multitudinarios invitados. «Donde caben cien, qué más da uno más, o cinco más. O diez. O mil. O todos».

Carlos habla con pesar. Curiosamente, el gentío que pobló su casa no hizo que Juana se sintiese más acompañada y dejase de necesitar las voces televisivas. El resto de vecinos del bloque sí que notó la presencia de este ejército. Protestaron. Juana los llamó racistas, aunque Carlos aún no sabe por qué su madre llegó a relacionar una cuestión de capacidad y lógica con la raza.

Afirman los vecinos que quedan en ese bloque, del que se han marchado cuantos han podido, que aún se escucha la voz de la tele todo el día, como un ritual. Carlos ya no vive ahí, junto a los invitados de su madre que se quedaron el piso, sino en el parque, donde duerme entre cartones. Qué solidaria fue siempre Juana, qué mujer tan incomprendida. Que en paz descanse.


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