Instrucciones

Qué jaleo esta mañana en los despachos. Un murmullo continuo y creciente, como el de un mar encrespado, recorre los pasillos. Las secretarias no se atreven a levantarse hoy a por el café ni los becarios se apartan de sus mesas. Algún grito ha llegado a traspasar las puertas nobles, y las alfombras y los tapices no dan abasto para absorber ese ruido delator.

La magia de la columna nos va a permitir entrar en las dependencias de uno de los jefazos. Con discreción, sin que se enteren de que estamos escuchando, silenciosos lectores.

–¿Cómo que se ha acabado lo del eclipse? ¿Ya han terminado de ver vídeos? ¡Estirad el chicle, coño!

–Andan en eso hoy, jefe, pero no creo que les llegue a la tarde. Tenga en cuenta que están acostumbrados a desentenderse de todo enseguida. Por muchos vídeos que compartan, mañana, a muy tardar, habrán recuperado cierta capacidad de atención. Y claro, ya sabe: los juicios por corrupción, el precio que les estamos cobrando por todo, lo de las gasolineras, que ha alcanzado lo inasumible…

–¿Y el fútbol? Ponedlos a ver fútbol.

–Acabó lo del Mundial y los equipos andan volviendo de vacaciones. No hay competición oficial ahora, señor. Apenas nos da para ofrecerles cuatro cosas sueltas.

–Que salga un ministro a liarla, que insulte a alguien de los contratados de la oposición. ¿No tenemos nada en la nevera?

–El problema es que hemos puesto tanta carne en el asador, que es grande la intensidad que ahora requieren para olvidar que estamos robando a manos llenas, que los campos están siendo incendiados, que hemos elevado el índice de criminalidad en las calles, que actuamos ya sin pudor, que hemos disuelto la supuesta frontera en Ceuta…

–Que griten más los de la tele, que para eso se les paga, y no poco.

–Andan también medio de vacaciones, o cambiándose de pesebre. Y, de todos modos, esos actores necesitan papel. Tenga en cuenta que ellos no piensan, que se limitan a repetir lo que les ordenamos.

El jefe se coloca nervioso el pin de la Agenda 2030. Duda si llamar él mismo a sus superiores para pedir instrucciones.

–¿Putin? ¿Trump? ¿Franco?

–Muy quemados.

–¿Meternos con Italia y fingir que estamos ofendidos y que tomamos medidas dignas?

–Nada. Eso apenas nos sirvió para unas horas.

–Joder, con el ganado, qué cansado es ocuparse de él. ¿Por qué son tan lentas las vacunas?

–Señor, si me permite una sugerencia: estamos a mitad de agosto, hasta dentro de dos semanas no empezaremos con la matraca de septiembre, de la vuelta a la rutina y tal. Lo que necesitamos ahora es una polémica estúpida y artificial que haga parecer que nos ponemos al mando y que estamos trabajando incluso cuando a ellos les hemos permitido descansar.

Pero el jefe no lo ve claro. Suspira. Qué cansado es ser encargado de la granja. Resignado, acaba levantando el teléfono y marcando. Tras unos instantes de pausa, alguien contesta al otro lado, y él, con un tono de voz que pasa de lo autoritario a lo dócil, pregunta con un hilo de voz:

–Señor, sí. ¿Qué nos indica el plan para entretener a esta gente durante las dos próximas semanas mientras continuamos con los trabajos de despoblación, empobrecimiento y esclavitud?

Y mientras escucha atento las órdenes, se ajusta el pin y empieza a anotar los pasos del siguiente crimen.


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