Ignacio

Se abren en Arnedo, La Rioja, bajo sus promontorios rojizos de arena, las cuevas. Ves las oquedades desde abajo y piensas en un ejército de hormigas que hubiese cumplido con su labor mientras nosotros estábamos distraídos yendo a la plaza a ver a los aspirantes al Zapato de Oro, el certamen de novilleros con más solera. Parecen hechas estas grutas para asomarse al horizonte, para contemplar la parsimonia del río Cidacos, para refugiarse en ellas de un fin del mundo donde todos parloteasen sobre noticias absurdas.

Nos llevan a una de estas cuevas, a la hora del vermú, haciendo tiempo para que salgan del toril los utreros portugueses de Murteira Grave. Luego, a la tarde, se probará el Zapato Sergio Rollón –que el año pasado le pegó una ceñida chicuelina a la muerte– y Ruiz de Velasco responderá con dos rotundos síes al par de preguntas esenciales para un novillero: ¿Puede usted ser matador? ¿Quiere serlo?

En la puerta, unos paisanos están de tertulia. A la paz de Dios. Ya han salido a relucir algunos vasos de vino, en los primeros lances a la verónica. Dentro de la cueva nos espera su dueño, Ignacio, arnedano, que nos saluda con el cantarino hablar de la tierra. Huele en la estancia a humedad, a cosas de antes, a la casa de mi bisabuelo. Cuelgan de las paredes trillos, yuntas, faroles de carros, fotografías de gente que fue joven varias décadas antes de que apareciésemos nosotros por aquí.

Sobre la mesa, el inevitable vino y unos porrones con zurracapote, un clarete que se mezcla con agua, azúcar y canela. Ignacio tiene su propia receta, de la que elimina el melocotón, dice bajando el tono, como si estuviese revelando el secreto del clan. El zurracapote no deja mancha sobre la camisa recién puesta. Doy fe.

Mientras los demás le dan al tinto, Ignacio me enseña las estancias más profundas de la cueva. Techos encofrados, conducto de ventilación para que salgan los humores del vino en preparación, temperatura constante, conservas, confituras, neveras, hornillos de butano… Una bodega, en definitiva, con todo lo que un ser humano necesita para sobrevivir hasta que se convoquen elecciones.

Ignacio está tomado por la afición a lo antiguo. Latas de leche en polvo y de cacao de hace un siglo, cuando nadie pronunciaba palabras como packaging pero los objetos los elaboraban verdaderos artistas. Y las radios, como aquella de mi bisabuelo. Artefactos también elaborados con esmero y gusto. En el dial, están impresos los nombres de las ciudades desde donde se emitía la señal: Toulouse, Valencia, Londres, Sevilla… Da la sensación de que, si las conectásemos, una voz atiplada nos informaría de que se han levantado los militares en Canarias, de que Lorca ha publicado nuevo libro o de que Manolete se recupera satisfactoriamente de lo de Linares.

Habla Ignacio de su cueva, de su colección de antigüedades, con amor. No sabe explicar de dónde le viene esa pasión por lo anterior, y ante la pregunta al respecto contesta con una evasiva: «Empecé un día, y luego seguí». Es como si le pareciese que la pregunta no es por qué él conserva lo antiguo, sino por qué los demás no lo hacemos. Y quizá tenga razón. Hay una nostalgia colgada de las paredes de esta cueva en la que se refugia el pasado. «Ésa es la cuadrilla de caza de mi padre», y en la foto, los mozos miran al objetivo de una cámara de los años cincuenta y exhiben los conejos y las perdices que se han cobrado.

Me pregunto qué dejaremos nosotros para los de dentro de un siglo. ¿Qué estamos haciendo que sea digno de permanecer en la cueva de Ignacio? Pero, como no hallo respuesta, me echo otro trago de zurracapote. Y, por supuesto, me vuelvo a manchar.


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