Acaso la única oración posible o con sentido consista en dar las gracias. En experimentar la gratitud. No es fácil dedicarse a la contemplación gozosa si has de bajar dieciséis horas a la mina. Si la miseria te llega al cuello. Si el cuerpo se derrumba entre dolores. Qué duda cabe. «Que agradezcan los ricos», decía uno que conocí en una tasca de un pueblo de Badajoz. Pero, ¿tenía razón aquel paisano? ¿Tenía toda la razón? Yo no lo sé.
Sí sé que existen momentos en que el fluir de las cosas parece detenerse. Me he vuelto hábil a la hora de detectarlos. Te brinda la vida entonces algo que describiría como una ovación silenciosa. No se trata de erigir una estatua a tales instantes, pero sí, al menos, de reconocerlos. Están ligados al asombro. A la percepción de cuánto océano se abre bajo la corteza de la mera descripción.
Una guerra a la que nadie acudió. El verano apurando su senectud en una residencia otoñal. El abrazo del sol en la nuca. Las charlas de los otros, como un ensayo de las de mis personajes. Los versos dictados por el agua. Las urgencias de la sed. El recuerdo de tu carne, mejor que la carne tuya. El deseo, constructor de futuros recuerdos. La respiración del toro. Un viejo mirando el móvil, atónito y temeroso. Ese señor del espejo, por cuyo rostro asoma mi padre. El placer de la conversación con personas dotadas de claridad mental. El extenso catálogo de verdes de los campos. El concierto de los pájaros en la atardecida de Salamanca.
Los parques, en fin, se bastan. Los parques no necesitan nombre: se lo ponemos nosotros, quién sabe por qué. Y la hormiga prosigue con sus labores sin necesidad de que nadie le imponga un temario ni una prueba práctica. Y el norte siempre sabe dónde está el sur. Y reír apuñala al miedo.
La paz es un modo de felicidad, no me atrevo a decir que menor. Proporciona mucha paz saber que no has de regresar a la autoescuela, ni a la universidad, y que no hay que salir más de Nochevieja ni ir a bodas.
Para tener hambre, basta con dejar de comer un rato. Para saciarse de sueños, es suficiente con cerrar los ojos. Dostoievski se lee en silencio pero sigue hablándote al oído entre la multitud. Y los lunes con su esperanza y su perdón. Y las nubes de verdad, imaginando formas. Y saber que se sabe poquísimo, y que cada vez va uno a saber menos en comparación con la infinitud del conocimiento. Y la danza de la geometría perfecta. Y la plenitud de agradecer todo esto. Ser tan afortunado como para verse movido a la gratitud.