Cada año me parece Gijón mejor lugar para echar el telón del resto de cosas y darse a la vida retirada, ésa que se empieza a vislumbrar ya en el horizonte, una vez que finalicen las tareas laborales. Reflexiono mucho acerca de los modelos de retiro, como yo les llamo. Es decir: en los estilos de vida que se llevarán una vez que el mundo haya dejado de exigirnos salir cada mañana a por ciervos y uno se pueda permitir vivir plácidamente en la cueva. Mi frecuente trato con jubilados me pone en la mano la consideración de cómo lo han hecho otros. De entre todos los que conozco, el modelo elegido por el Marqués me parece el más acertado, el más inteligente: adecuar la vivienda y las necesidades a los ingresos y vivir bien dentro de ese orden, sin grandes dispendios, pero cómodo, tranquilo, en paz. Los pequeños placeres son los más fecundos. El vermú y la tertulia, alimentos de calidad, poco y bueno. Y, en mi caso, pasear.
Por eso, Gijón, a medida que mutan los calendarios, me convence más. Qué rondas tan agradables por el paseo marítimo de la playa de San Lorenzo. Deambula de punta a punta una marea humana que parece seguir sus propios vaivenes, como si los flujos y reflujos del mar también la movieran a ella. Detenerse en cualquiera de sus bancos, distraer la mirada mirando al frente, aspirar la sal y el ozono, adivinar los caprichos de las aguas de arriba y de los vientos. Hacer el esfuerzo de dejar de contemplar ese paisaje amable para concentrarse en el libro e ir alternando la atención entre el paisaje y la página.
Cuando visito una ciudad imagino cómo sería mi vida en ella. He encontrado algunas en las que he creído que no podría mantenerme demasiado: o por el clima –no soporto el calor, gasté mi paciencia térmica en la niñez cordobesa– o por el exceso de ruido y caos –lo de El Cairo creo que sobrepasa todo lo visto–.
Por eso, Gijón me llama. Me anima a subir a Cimadevilla, su casco más antiguo, donde intento que el aire me traiga algún acento romano o anterior. Elogio del horizonte se llama la firma de Chillida en el Cerro de Santa Catalina, y ahí dicen que acomoda sus posaderas King Kong. Me lleva hasta la playa de Poniente, hecha para retomar los asuntos pendientes de los juegos de la infancia. Me conduce entre sus calles del interior, con tantos bares, librerías, comercios, aceras… y me muestra el hotel de Volver a empezar, de donde siempre creo ver salir a Ferrandis junto a Garci para dar un paseo crepuscular. Gijón es un lugar de paso entre el Cantábrico y la estampa interior asturiana, en la que, de viejo, yo me veo incursionando en busca de algo de acción. Me veo también echando la mañana en la biblioteca Jovellanos, continuando con los trabajos literarios, de los que no entiendo que haya que retirarse hasta el último aliento.
Diría que no es que Gijón me guste cada vez más, sino que soy yo quien cada vez se parece más a esta ciudad reconvertida, reencontrada y serena. Los Edenes, decíamos el otro día. Pues he aquí uno.