En muchas ocasiones, la tertulia se enciende a partir del miedo. Algún tertuliano viene atemorizado por lo que ha visto en la tele, o lo que le han contado en la frutería, o por él mismo, porque el ser humano también posee la capacidad de asustarse por sí solo. Uno de ellos vino la otra noche con el tema de la IA: vaticinaba este paisano que la IA acabará con los funcionarios.
No sé de dónde había sacado la idea, pero, como suele ocurrir, la mesa se dividió de inmediato en dos zonas, con unos a favor de la tesis enunciada y otros oponiéndose a ella. Durante las primeras andanadas opinativas, lo más jugoso es recostarse, paladear el vino y callar, mientras escuchas las diferentes razones. En estas oleadas iniciales suelen predominar las idioteces, porque lo más sensato va viniendo luego. Esto podría constituir una ley de la tertulia, ahora que lo pienso: las bobadas tienen la mecha más corta que las ideas, se vierten antes y van dando paso a la reflexión.
En todo caso, a lo que íbamos, ¿es cierto que la IA acabará con los funcionarios? De ser así, detecté en la tertulia, muchos se alegrarían, ya que por regla general se percibe al funcionario como alguien de quien vengarse, alguien privilegiado. Es difícil matizar y hacer comprender que siempre hay justos en Sodoma. Los de arriba han calculado esto bien, y el asco entre oficios y condiciones sociales se lo han trabajado con eficacia. Si llegase el fin del mundo, imaginemos, el terror provocado por el final se solaparía con la alegría de ver que también muere toda esa gente a la que tanto se odia.
Pero entonces, uno de los más pacientes tertulianos, que esperó a que los demás se desgastasen con la artillería ligera, lanzó la maquinaria pesada: la IA no acabará con los funcionarios porque el funcionariado no existe para lo que nos han dicho. No se trata de un colectivo dedicado a hacer que se muevan los engranajes del Estado. En ese caso, efectivamente, sí que podrían ser sustituidos en cierto modo por procesos informáticos. Pero, ay, aquí está el quid de la cuestión: si existe el funcionariado es para que la gente no salga a la calle a quemar contenedores y a colgar políticos y banqueros de las farolas. Unos tipos que tienen garantizado su mendruguito de pan no desean que se líe más allá de lo imprescindible. Si no, ¿quién les va a pagar a ellos la nómina? El poder calcula qué porcentaje de funcionarios es necesario para mantener cierta estabilidad, por mucho que suba la gasolina, el pan y los impuestos. Estamos mal, pero podríamos estar peor, y a mí, mientras me sigan ingresando lo mío…
Hubo que pedir otra ronda para apurar la idea. Y entonces llegó lo más inquietante, porque el amiguete que había lanzado este punto de vista fue más allá: no será la IA la que sustituya a los funcionarios, sino la masa subvencionada, la de la paguita. Todos aquellos que se han acostumbrado a vivir del pienso estatal y que han asumido la pobreza de un modo tan rápido sí que constituyen un elemento alternativo al funcionariado, puesto que ellos mismos han vendido su voluntad por una nimiedad, por una miseria. De modo que ahí los tienes: no desean que nada cambie, que este estercolero se limpie, no sea que les quiten la paguita de cuatrocientos euros –la cifra es orientativa y podría ir a la baja–. Sale más barato un tarado de estos que un funcionario, al que además cada vez es más difícil sacarle provecho. Y luego la tertulia ya derivó hacia lo bien que se come en Portugal. Y así vamos tirando, adentrándonos en el otoño, esperando a Godot.