Si abrías la web de cualquier periódico hace una semana, no tardabas en concluir que el mundo estaba a punto de finalizar a causa de un virus malísimo de esos que te dejan de repente el móvil sin batería y los plátanos demasiado maduros. Ese mismo diario, hace un mes, andaba anunciando el apocalipsis proveniente como un tsunami desde el estrecho de Ormuz. En las últimas jornadas, estos mensajes findelmundistas fueron sustituidos por una rueda de prensa de un Florentino Pérez que intentaba calmar los ánimos de su parroquia, porque la Cibeles ya no tiene quien le escriba.
Reflexionamos un ápice y pronto se nos hace obvio que al guionista la cosa se le ha ido de las manos hasta perder el hilo de su propia historia. Una guerra mundial es relevada en importancia por una farsa a bordo de un barco, casi como si hablásemos de una narcolancha sanitaria. Pero ese ridículo sainete de Vacaciones en el mar con reparto de la OMS, a su vez, encuentra su sustituto en un soliloquio de Florentino Pérez: de la guerra a la farsa; de la farsa, a enfrentarnos contra el Barça.
La velocidad que imprimen a la sobreinformación con la que azotan al personal causa desmemoria y una insensibilidad paulatina. Los afectados por los medios de comunicación presentan una progresiva incapacidad para determinar qué es verdad y mentira y qué es importante o no. ¿Acaso no continúa el conflicto iniciado por Israel y EEUU contra Irán? ¿Ya no tosen los actores elegidos por el tal Tedros, que aún no está en busca y captura? ¿Y los temas importantes? ¿Por qué un día nos ofrecen algo como la encarnación del meteorito que va a acabar con todo esto y al día siguiente nos exigen que nos olvidemos de ello y prestemos atención a que Florentino Pérez ataca a la prensa o se parapeta tras lo de los árbitros?
La conclusión primera es clara: lo que los medios de comunicación nos comunican no se corresponde con la realidad. Que den importancia a un tema no significa que ese tema sea importante –ni siquiera, que sea verdad–. Y, por las mismas, el hecho de que los medios no se ocupen de un asunto no quiere decir ni que eso no esté ocurriendo ni que no resulte del máximo interés.
Claro que hay temas vitales, de titular de cabecera, urgentes y con trascendencia. Europa se encamina a una ruina buscada por sus propios gobernantes, que llevan décadas protegiendo los intereses de un reducido grupo de plutócratas y no de los europeos. El imperio angloestadounidense, herramienta de la banca judía, se tambalea y quieren confundirnos y decirnos que eso es la caída de Occidente –como si Occidente se limitase a lo que ocurre entre Londres y Nueva York–. Trump, Putin y Xinping se reparten el mundo mientras escenifican que pertenecen a bandos distintos, cuando sólo hay dos bandos: los poquísimos que mandan y los muchísimos que somos parasitados –con una clase subcontratada intermedia que es a quienes se conoce como dirigentes, políticos, líderes…–. Europa ha sido inyectada con una inmigración inasumible que está siendo empleada para bajar aún más el nivel de vida de los autóctonos.
¿Cómo que no hay temas de interés? A ver con qué elemento de distracción reemplazan lo de Florentino Pérez, porque por debajo de eso, ¿qué pueden inventar? ¿Pedro Sánchez sorprendido diciendo una verdad? ¿Monchito rajando de José Luis Moreno? ¿Un libro de texto actual que enseñe? Qué mal les viene la desatención, el que ni los escuchemos. El que vivamos.