Baja cómplice la luz sobre Alicante. Hay ciudades, y ésta es una de ellas, que germinaron en las orillas como un modo de no distanciarse del mar y evitar adentrarse en la espesura del interior. El Mediterráneo insiste paciente, incesante y fértil, y en cada ola va urdiendo el ritual del salto sobre las aguas. Es tiempo de purificación, y se preparan las hogueras para arder, quemar, quemarse, para quemarnos lo malo.
Quizá esa luz que cae vaporosa y sin origen cierto suponga una dádiva más de la masa acuosa. Hablan las espumas, blancas como la luminosidad alicantina, con acentos egipcios, filisteos, griegos, etruscos. Y tratan asuntos muy antiguos, que son precisamente los más actuales. Parecen a punto de revelar un secreto.
Ando enredado en esas voces clásicas mientras, a la puerta del Museo de Bellas Artes de Alicante, espero la llegada de Luis Francisco Esplá. Pero Esplá ha llegado ya, puntual como la muerte, con habanera azul y sombrero panamá, y en cuanto nos saludamos y reparo en sus curiosos ojos sin edad me asalta la sospecha de que también él venía escuchando los decires romanos, bizantinos y turcos que trae el aire.
Entrevistar a Esplá es como subirse a una carroza y que te lleven de paseo, desde el lienzo hasta la plaza de toros, desde las calles del centro hasta el castillo de Santa Bárbara, sobre las alturas del monte Benacantil, donde se otean sus cincuenta años de alternativa y sus fecundos pensamientos.
Resulta muy sencillo hablar con el torero y artista, valga la redundancia en este caso, porque su verbo brota atento y generoso. Escucha, se involucra y no hay respuesta que no ofrezca contenido a considerar. Me va entregando sus frases como teselas que conformarán el mosaico de una conversación prolongada según asciende el sol. A la vuelta, comprobaré que no hay respuesta que no merezca incluirse en el reportaje. Y la entrevista, para la que había diez minutos previstos de programa, en Tendido Cero, va ensanchándose hasta superar los veintitrés, en faena larga, que no alargada.
«Somos capaces de dar sorbos de eternidad», dice refiriéndose a la condición creativa humana. En el hecho artístico halla él un modo de vencer al tiempo, el gran opuesto del artista. Porque Esplá asume el fin, el acabarse de las cosas, nuestra naturaleza fugaz. Carga contra la posteridad, a la que culpa de destrozar un ejército de vidas. No hay que quedar, no hay que permanecer. El problema no es que seamos efímeros, sino que pretendamos lo contrario. Luis Francisco Esplá diserta sobre toros, sobre ecología y sobre el loco mundo actual que da la espalda al campo, a los procesos naturales y a la presencia de la muerte. Esplá es una anarquía de hombre libre, una llama que, a fuerza de saberse pasajera y sin pretenderlo, permanece. Porque han transcurrido varios días desde nuestro encuentro, pero sigue ardiendo en mí su discurso. Algo prendió, no sé si a sabiendas, pero algo prendió.
Se emitirá el reportaje y cientos de miles de personas, aun más, disfrutarán de su diálogo presocrático, de sus pinceladas coloridas. Habla como torea, con sentido del rito, con respeto a las raíces, con inteligencia sobrada pero no pedante. Sería muy fácil para él incurrir en la pedantería, pero Esplá no se da importancia a sí mismo, parece que se riera de su reflejo en los cristales del museo. La posteridad, para otros. La vida es antes, es ahora, y fluye como el humo de un buen Cohiba sobre la sobremesa. Lanza chispazos en forma de greguerías propias de Gómez de la Serna. Señala hacia el arte, la belleza y el amor como los engaños preferidos. Esplá ama al toro; sabe que nos hallamos ligados a un suceso ancestral que nos emparenta con los primeros que osaron a cuestionar el sentido de la existencia, si es que lo tiene.
Cuando llegué, me debatía entre entrevistar a un torero que pinta o a un pintor que torea. Mucho antes de que finalice la charla concluyo que con quien me he visto en realidad es con Heráclito, con un Heráclito luminoso, arco iris, nada oscuro, hijo de la luz y del mar y poseedor además de un fulgor propio, de la tea de la creación.
Me marcho de Alicante purificado en la hoguera de Esplá. No me ha regalado certezas, sino algo más valioso: preguntas nuevas, punzadas socráticas que avivan la curiosidad. Como ya sabéis, asiduos lectores de esta columna, repito a menudo que la palabra maestro se emplea en tauromaquia con excesivo relajo. Y maestro no es cualquiera, sino quien enseña de palabra y obra, quien muestra, quien revela. Es el caso. Y a los maestros, maestro Esplá, discúlpeme, se los trata de usted.