España Uruguay

Qué curioso lo que me pasó la noche del viernes al sábado, cuando intenté quedarme despierto para ver el España Uruguay del Mundial. El partido comenzaba a las dos de la mañana, una hora en la que habitualmente yo me encuentro en el ecuador de mi sueño nocturno. Pero bueno, de vez en cuando hay que echarse al monte, arriesgar fuerte y tirar la casa por la ventana. En este caso, por la ventana del hotel, con Zamora ahí fuera esperando a que sea lunes para volver.

Por mucho que quise hacer tiempo por las calles del centro, no pasé de las doce. De modo que ahí me tenéis, a dos horas del pitido inicial, tumbado en la cama, aguardando paciente, recordando que hace cuarenta años, cuando lo del Mundial de México, el de Maradona, a los niños nos dejaban quedarnos en pie para ver el fútbol. Me acuerdo de un gol que le robaron a España contra Brasil, un zambombazo de Míchel que entró en la portería y luego se salió al botar y que el árbitro nos quitó.

Como digo, cuatro décadas más tarde, con muchos años cotizados ya, pretendí el esfuerzo de no dormirme. A ver qué hacen éstos ante los uruguayos de Bielsa, me dije. El sueño me cercó, me embistió varias veces, y alguna cabezada di. Pero en esto que miro el reloj y veo que son ya las dos y que comienza el partido. Me pareció un logro el haber llegado a las dos con los ojos abiertos. Y vi un partido magnífico, con una España resolutiva, firme atrás, con un portero solvente y seguro en el juego con el pie y en los balones por alto. La defensa me convenció, con un Laporte en plan mariscal, mandón. Rodri, ágil de piernas. Un juego rápido, claro, de ideas despejadas. Las alas, infernales, rabiosamente incisivas. Los puntas, certeros, con mordiente. Y el entrenador, capacitado para improvisar y sin las terquedades propias de una persona insegura. Los uruguayos se mostraron competitivos, cancheros pero nobles, jugando fuerte, como suelen, pero sin mala intención.

En el descanso, bebí agua y miré por la ventana. Zamora dormía. En esos diez o quince minutos, me entretuve leyendo los titulares de algunas noticias. La clase política pedía perdón, se entregaba y devolvía lo robado. Los plutócratas mundiales deponían su actitud de tratarnos como animales y detenían las guerras que habían ordenado, así como todos los planes para enfermarnos, empobrecernos y enfrentarnos. Quienes dicen «todos y todas» reconocían su error y regresaban al colegio, entregando previamente el odio acumulado. Los países destrozados de América y África se recomponían, y los ejércitos de ocupación enviados por los que realmente gobiernan el mundo regresaban a sus casas, dejando en paz el territorio tomado. Bajaban los alquileres, los de la UE abandonaban sus planes y el euro desaparecía, regresando las soberanías nacionales monetarias. Al no robar los políticos, había dinero de sobra. Qué mundo tan cambiante, pensé.

Luego continuó la segunda parte. España fue un vendaval de juego. El marcador resultó escandaloso, y los uruguayos encajaron la derrota con deportividad.

Y entonces, desperté. Eran las seis y media de la mañana. Mi hora habital para amanecer. Volví a mirar por la ventana. Las calles esperaban para ser inauguradas. Al entrar en internet para ver qué había pasado con el España Uruguay comprendí que llevaba toda la noche soñando. Que el partido fue muy distinto a lo que yo traía visto en mis sueños. Y los titulares de prensa eran los de siempre. Robos. Incendios provocados. Corrupción. Dementes en los cargos decisorios puestos por psicópatas. Mentiras. Cuando desperté, en fin, los criminales seguían ahí.

Dudé si echarme a dormir otra vez. Pero qué carajo. Decidí que no y me bajé para ver amanecer, para disfrutar del fresco matinal, para recordar los efluvios de mis ensoñaciones. Y luego vino el día, y los árbitros, y los que mandan… y todo lo demás.


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