España Francia

Se abrió la puerta de los toriles y saltó al césped la bestia más temida: la Francia de Mbappé, Olise, Dembélé, Rabiot… El monstruo de tantas cabezas que parecía inabordable. Si te ocupabas de uno, tenías a otros cinco esperando para lanzarte la dentellada.

Cuando los franceses jugaron contra Suecia, vi al claro favorito para hacerse con el título. No se imaginaba el modo de enfrentarse a esa nómina de individualidades que parecían tener más físico, más tiro, más empuje, más recursos, arriba y atrás.

Y, sin embargo, España, que llegó sin hacer ruido, después de haber comenzado tan mal contra Cabo Verde y experimentando una progresiva mejoría, no ha dado opción. La fuerza bruta del combinado galo ha embestido a la nada, buscando un balón que no ha olido en todo el partido.

El dueño del centro del campo es el dueño del fútbol, según la máxima que convirtió en dogma Luis Aragonés, creador del grupo que ganó la Eurocopa en 2008 y que luego, bajo la supervisión de Vicente del Bosque, fue campeón del mundo en 2010 y de nuevo de la Eurocopa en 2012.

Y así ha sido de nuevo. España se ha defendido del asalto de las tropas napoleónicas sin tener que defenderse, es decir: poseyendo el balón, mimándolo, seduciendo al esférico para que se quedase con nosotros. ¿Dónde vas a estar mejor, bola, que en los pies de Rodri, Cubarsí, Olmo, Fabián y, hoy, hasta Baena? Y la pelota se ha dejado convencer. Se ha enamorado de cómo sonaban los olés. No hay manera de detener a la artillería de los franceses salvo impidiéndoles usarla.

España no es mejor físicamente. Ni cuenta con dinamita arriba: Oyarzábal no es un killer –llevaba dos partidos desaparecido, pero qué bien ha lanzado el penalti– y conforme el equipo ha avanzado en el campeonato, Lamine Yamal ha ido a menos en protagonismo y desborde. Por cierto, mi hija me afeó que el otro día escribiese Yamine Lamal, confundiendo las iniciales. Gracias, hija. No me dejes pasar una.

Sin embargo, sí hay algo en lo que la Selección sobresale: el sentido grupal y, consecuentemente, el trato coral del balón. Sin tener a un nueve capitán de tormentas como puede ser Haaland. Sin contar con un Messi clarividente. Sin tener, como en 2010, a Casillas, Puyol, Ramos, Xavi, Iniesta o Villa. Yo diría que ninguno de nuestros jugadores actuales es el mejor del mundo en su puesto, algo que sí tuvimos y en abundancia en Sudáfrica. Y, sin embargo, de un modo sereno, aliñado con la garra en las botas de Cucurella y Porro, el grupo ha resultado inabordable para la todopoderosa Francia.

Con todo esto creo que sí hay que inferir que en la Selección hay un nombre responsable de este buen funcionamiento de la máquina: Luis de la Fuente, el míster, que de un modo discreto pero firme, gobernándose a sí mismo para luego gobernar las circunstancias, sí que ha sabido rectificar y rectificarse, cambiar planteamientos iniciales, ser flexible y no terco, quitar y poner a Pedri cuando ha sido necesario, llamar a Merino, Llorente, Nico o Ferrán.

Y ahora, a esperar al otro finalista: ¿Inglaterra o Argentina? Inglaterra es fuerte arriba y débil atrás, y sólo juega con sus once jugadores. Argentina, en cambio, es un equipo hecho en torno a Messi que cuenta con el favor de la FIFA, que lo ha sostenido hasta ahora. Veremos. Pero hoy sí me han emocionado, quizá por no haberlo esperado, quizá por la asombrosa placidez con la que España ha vencido al rival más duro. Y lo ha hecho en equipo, ayudándose, marcando cómo se hacen las cosas cuando nos enfrentamos a poderes que nos sobrepasan. Hoy nos rejuvenecieron dieciséis años.


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