España Bélgica

Mi juventud son recuerdos de cuando no pasábamos de cuartos. Llegó a parecer aquello un límite infranqueable, sólo roto en la tanda de penaltis frente a Italia en la Eurocopa de 2008. Deshecho el maleficio, todo rodó. Los cuartos de final del Mundial de 2010 contra Paraguay se ganaron con gol de Villa. Luego, recordemos: se venció a Alemania en semifinales y, en la final, a Holanda y al árbitro FIFA. Supongo que superar los cuartos ya indica un buen nivel y lo normal es que se avive cierto entusiamo que, no obstante, no se percibe. O no percibo. Nada que ver con 2010. ¿Por qué?

No sé si es porque el juego no me acaba de convencer: mucho toque, sí, pero también mucho desacierto arriba, cosa que obliga a crear demasiadas ocasiones para cada gol. No sé si se debe a que hay cosas más importantes en las que pensar que en el fútbol, con tanto crimen diario y abundante, desde el fuego provocado por los intereses del sistema hasta la dictadura unioneuropeísta, desde el robo por parte de los políticos hasta la pobreza a la que nos conducen.

No sé si es porque Oyarzábal no la ha olido, como en el anterior encuentro, y eso hace que se pierda la referencia arriba, siempre rondando el área sin acabar de dar el último pase. No sé si es por el exceso de partidos, con los jugadores fatigados de tanta competición y los aficionados sin la oportunidad de añorar el fútbol.

No sé si es por no acabar de ver a Pedri funcionar –su calidad, obvia, está siendo opacada por la saturación a la que lo han sometido–. Hoy hay que suspirar ante el buen signo ofrecido por De la Fuente, que le dio descanso de inicio. No sé si es porque lo más emocionante que se ha visto, en un fútbol plano en la línea del resto del Mundial, ha sido ver a Courtois llorar como un juvenil y a Unai Simón retomando sus infundadas creencias de que él puede jugar con el pie. Francia, no nos quepa duda, no perdonará tales tentaciones circenses.

No sé. No me acabo de entusiasmar, quizá por deficiencia mía. Porque Cucurella ha vuelto a ser un pícaro del Siglo de Oro por su banda. Y Cubarsí ha cumplido años un partido más. Y Olmo ha firmado una actuación verdaderamente notable. Y Lamal ha empezado a comprender que solo no puede, pero con amigos, sí. Y Merino ha sido elegido como los generales de Napoleón: con buena estrella. Y Ferrán ha demostrado que por dentro gana todo lo que pierde cuando lo colocan por fuera.

No sé si se debe a estar persuadido, como estoy, de que la Copa ya ha sido otorgada a Argentina por decreto de la FIFA.

No sé. Creo que, en el fondo, mi desintonización con este Mundial puede no tener nada que ver con lo anterior y quizá sí con la edad, con el tiempo, con las canas, con tener ya el corazón muy ocupado por otras pasiones. En cuanto acabó el Francia Marruecos –valga la redundancia–, supimos que el Mundial, si se eliminaba a Bélgica, comenzaría en serio en semifinales. Llega ahora el gran reto para un grupo que ha ido mejorando desde el debut conforme Rodri retomaba físico y sensaciones.

Si unas semis con Francia no me motivan, supongo que sí será para replanteárselo. ¿Qué nos está pasando, balón, a ti y a mí? No eres tú. Soy yo. O los dos. ¿O qué? ¿Qué nos pasa, querido esférico antaño? Nos quisimos tanto…


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