Reaccionó España ante los árabes, con un cambio de dibujo, cuatro nuevos protagonistas iniciales y una actitud diferente que evidenció, a las primeras de cambio, que el grupo era consciente de la lentitud, de la falta de ideas, de la atrofia con la que había jugado el primer partido. Luis de la Fuente ocupó los extremos con Yamal como estilete principal y con Olmo como organizador entre líneas por delante del propio organizador, Rodri, aún parsimonioso con las piernas pero algo más ágil de cabeza. Más que rápido, se le vio apresurado. Y mantuvo el seleccionador, eso sí, a Unai Simón bajo los palos y a Laporte en el centro de la defensa, veleidades que amenazan con cobrarse su factura cuando España se enfrente a equipos sólidos, cuando de verdad empiece el Mundial. En estos partidos primeros no se gana el campeonato, pero se puede perder. La superioridad y la movilidad demostradas ante un conjunto menor permitieron obviar numerosas imprecisiones en el pase final y en el tiro, pese a la doble diana de Oyarzábal. Son síntomas de los que ocuparse, y la euforia no supone el remedio.
Sin embargo, la lectura que nos deja este segundo encuentro va más allá de lo futbolístico, pues lo más jugoso de cara a la reflexión, a mi entender, no estuvo en el césped sino fuera. En la palabra, en el discurso, condensado a la perfección en las declaraciones del joven Álex Baena, dolido con la prensa, a la que recriminó ser causa de inestabilidad. Este signo de debilidad, este señalar hacia quien juzga, es propio de estos tiempos. Que España jugó de manera lamentable el primer partido es obvio, pero para Baena el problema no fue el mal juego, sino que se señalase. Esto es 2026: lo malo no es que ocurra lo malo, sino que alguien lo denuncie. Lo que se está reclamando es una adhesión ciega, un fanatismo acrítico que comulgue con todo y que se preste a huir de los problemas y a hallar responsables externos, sean enemigos creados, sea la mala suerte, sea el empedrado.
Ha ocurrido estos días lo mismo con los sindicatos de la policía, que respondieron con mensajes prefabricados en gabinetes de prensa, escenificando su supuesta indignación cuando Peinado deslizó la opción de que desde el Cuerpo se colaborase con una posible ilegalidad.
La respuesta masiva a esas declaraciones policiales, inspiradas por el mismo espíritu del futbolista Baena, ha consistido en una legión ciudadana ejerciendo la memoria. No sólo recordando que desde los cargos superiores se han cometido delitos de alta gama –recordemos esas paredes forradas con los billetes de más valor– sino también porque queda muy reciente la actuación policial en la coacción a la gente durante 2020 y 2021. «Caballero, caballero, ¿dónde está su mascarilla?», decían en alusión a su bozal ilegal y pernicioso, contrario a la salud. Si los cuerpos de seguridad del Estado cumplen órdenes, y lo hacen de un modo robótico, es decir, si se avienen a acatar órdenes injustas y nocivas, ¿cómo reclamar después el apoyo de una ciudadanía que se ha percatado de que detrás de cada crimen surgido desde arriba se activa la correa de transmisión de los empleados del poder? Cuerpos de seguridad del Estado, no de la nación. O sea: al servicio de los de arriba, no al nuestro. Lo estamos viendo en los atentados contra el campo, arrancando olivos, en la invasión de diseño vía inmigración, en la permisividad con los mandamases que contrasta con la dureza ejercida contra el ciudadano pacífico. Siempre hay justos en Sodoma, siempre quedarán policías sensatos –existen hasta periodistas comprometidos con la realidad y no con la propaganda y médicos preocupados por la salud y no por las órdenes recibidas desde las farmacéuticas–.
Y es que, por mucho que se empeñe Baena, la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Es hora de que se sientan molestos por haber jugado mal, no porque se les haya criticado. Es hora de que a la policía le incomode colaborar con la maldad dictada desde las altas esferas y no el escuchar que nos damos cuenta de esa bochornosa situación. Y ahora, Uruguay.