Esos rostros

Se sorprende el protagonista de mi novela Alejandría cuando viaja de una manera fantástica a la antigua capital del delta del Nilo y pasea por sus calles. El asombro no se lo provocan los palacios, las estatuas, ni siquiera la mítica biblioteca, sino las caras de la gente. Se da cuenta de que aquellos tipos son los de siempre, con los rostros de siempre. Creo recordar que, viendo a un grupo de niños, dice algo así como «los niños de la historia», como si la infancia fuese un grupo aparte que sostiene el pasar de los siglos mediante sus juegos.

En los últimos días he estado viendo de nuevo unos documentales sobre las guerras mundiales del siglo XX. Están coloreados. A mi hija le ha dado por verlos conmigo y me va preguntando cosas. Los documentales contienen un sesgo ideológico, como casi todo, y hay que ir puntualizando muchas de las medias verdades que se afirman ahí. Ciertos crímenes los callan. Otros los disimulan. Y no se llega, quizá por imposibilidad del formato, al entendimiento de las causas profundas de los conflictos. Pero las caras, los rostros, impresionan.

Existe una fascinación por el personaje histórico. Verle la cara al emperador austrohúngaro Francisco José tiene su punto. Y ver los gestos de Stalin, Hitler o Churchill. Digamos que es un impacto de gran nombre, del conocido. ¿Ése que va en silla de ruedas quién es, papá? Roosevelt, el presi de los EEUU. ¿Como ahora Trump? Sí.

Pero frente a ese impacto visual, están los otros rostros. Como le pasó al protagonista de Alejandría en su fascinante viaje, estos documentales permiten contemplar las caras de la gente normal. De aquellos que paseaban despreocupados y alegres por la Viena de principios de siglo. O por París. O por Berlín. O de los obreros que se afanaban por alcanzar la mera subsistencia. O de los soldados que se iban hacia las trincheras de la Gran Guerra, ignorando que eran carne de cañón con la que alimentar la maquinaria de los altos poderes. Y los rostros de los soldados con miedo, de los que ya habían comprendido que los mandaban a morir para que otros mantuviesen sus privilegios, sus cuotas de mercado, o por puro capricho. Y los que vuelven mutilados, tuertos, sin mandíbula, o desorejados, o locos, con el estrés postraumático. Y los muertos, los muertos como muñecos sin sentido, arrojados en mitad del lodazal, escupidos ahí por el juego de los poderosos.

Me levanto después de ver un episodio. Me miro en el espejo del baño antes de irme a la cama. Ese rostro, el mío, cada vez más cercano al del abuelo que seré si me da tiempo, no difiere de los que acabo de ver. Nos creemos tan especiales, tan únicos. Y ciertamente lo somos. Tan únicos como parecidos. Todos. El espejo me devuelve la imagen de alguien que, perfectamente, podría haber sido alistado hacia la picadora de carne de Verdún, Normandía o Stalingrado.

Qué te parece, hija. Que la historia es una basura. Tienes razón, pero no te quedes sólo con eso. También en los basureros crecen las flores. También en los campos floridos algunos tiran desperdicios. No va a ser fácil explicarle todo eso. Ni deshacer la papilla mental de mentiras y absurdidades que le están intentando inyectar en el instituto. Paciencia.


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