Érase una vez un hombre que trabajaba de sol a sol para mantener su casa, esforzándose en la labranza de la tierra. Con lo que obtenía, la familia salía adelante. Su esposa, también de manera impenitente, se daba a las muchas labores que exigía ese hogar, con tres hijos. Los cien sacos de trigo que obtenían con tanto sudor les permitían vivir y albergar la esperanza de que la prole tendría un futuro asegurado.
Existía en aquella comunidad de labradores y ganaderos un administrador del que se afirmaba que había sido colocado allí por consenso y que, supuestamente, atendería necesidades comunes en beneficio de todos: el buen estado de los caminos, un cuerpo de seguridad, un colegio en el que los más pequeños recibían una instrucción, un local en el que un galeno trataba a quienes enfermaban… Para sufragar todas estas cosas, al labrador de nuestras tierras le pidieron diez sacos de trigo de ese centenar que obtenía cada año.
Pasado un tiempo el administrador se hizo una casa nueva, enorme, adquirió nuevos y briosos corceles –a los que denominó caballos oficiales, pese a que sólo los montaba él– y añadió a la lista de gastos la contratación de una serie de personas que, según decía, le ayudarían a afrontar unas tareas cada vez más complejas. De la cosecha empezaron a exigirle al labrador el veinticinco por ciento.
Llegado el mes de abril, los sorprendió una novedad: como los gastos comunes iban en aumento, además de lo ya entregado habría que hacer cuentas para ver si se había pagado lo suficiente. Algunos campesinos recibían un puñadito de cereal, aunque, por lo general, la Santa Declaración –así se bautizó a tal mecanismo– salía a pagar. Nuestra familia protagonista tuvo que dar diez sacos más.
Por un decreto referido al precio del trigo, el valor del mismo descendió a la mitad. En casa, la mujer salió a faenar, porque con el esfuerzo del marido ya no bastaba. Pronto estuvieron ganando lo mismo que antes, sólo que trabajando ambos fuera de casa. La señora, por cierto, continuó haciendo a deshoras las labores domésticas. Pero todo lo daban por bueno, tratándose del bien común.
El administrador alzó un palacio y, más o menos entonces, aparecieron por las aldeas gentes del otro lado del lago. No hacían nada: la administración les ofrecía techo y alimento del almacén común para que se establecieran. Un campesino que protestó por este hecho fue tachado de racista, y el resto se acobardó, porque se podía afrontar la pobreza, pero, ¿cómo sobrevivir a que te llamen racista?
Los caminos se fueron deteriorando por abandono. Los carros comenzaron a tener accidentes. Hubo muertes. El pequeño colegio de instrucción dejó de enseñar nada útil y, a cambio, fue decorado con muchas banderas de colores y los alumnos recibieron estupendas clases de literatura fantástica según las cuales el Administrador –hubo que empezar a referirse a él en mayúsculas, por ley– había salvado a la comunidad de un ejército de dragones de seis cabezas y lenguas de fuego.
El número de sacos entregados anualmente pasó a setenta coincidiendo con la sustitución del galeno por un teléfono, que era algo asombroso. El sanador ya no te veía, pero hablabas por ese aparato, le contabas tus males y se te daba cita para un mes después de que hubieses sido enterrado.
Escaseó la gente que se ocupaba de la tierra y cuidaba del ganado y se incrementó la cantidad de personas que vivían en las dependencias del Administrador, sin que nadie explicara a qué se dedicaban. Las cuentas de la comunidad no se volvieron a mostrar. Hubo que dejar de tener hijos cuando el número de sacas anuales a entregar pasó de noventa. No se podía vivir, pese a que las gachas se aguaron y se mezclaron con heces del ganado en un intento de comer al menos una vez al día. Quienes sí tenían muchísimos hijos eran los recién llegados desde el otro lado del lago, que el Administrador seguía yendo a buscar a sus tierras en grandes carros adornados con un signo de sumar pintado de rojo. Aquello se llamó solidaridad. Si tú pedías limosna, los cuerpos de seguridad te detenían.
El labrador y su esposa alcanzaron la edad en la que sus padres les habían entregado a ellos las tierras. Sin embargo, no les fue posible el retiro: los campos habían pasado a ser del Administrador y ellos siguieron labrando hasta morir. No especifican las crónicas quién expiró primero en plena faena ni tampoco qué fue de sus hijos.
Es lo que tienen estos cuentos inventados, que no siempre acaban bien. Qué le vamos a hacer. Y colorín colorado, la puta que los parió a todos.