Alguien cuenta un cuento, e imaginamos a su audiencia ensimismada, con la boca abierta y atención plena. Un buen tusitala, un eficaz contador de historias, merece esa audiencia de niños, nativos samoanos o adultos que anhelan regresar a sus mejores años.
Mi aversión hacia la pedantería me impide empezar a parlotear sobre conceptos como la suspensión voluntaria de la incredulidad, o citar a Aristóteles y a Coleridge. La cosa es bien sencilla y no hace falta emplear grandes palabras para fingir que somos muy sabios: simplemente, cuando alguien nos propone una ficción, una condición necesaria para que se produzca la narración es que la aceptemos, nos cuente lo que nos cuente. Puede tratarse de hechos que ocurrieron hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana. Puede ser lo ocurrido en la Tierra Media. O consistir en admitir que si frotas la lámpara surge de ella un terrible genio capaz de obrar proezas.
Una vez establecidas las normas –existen los unicornios, vienen lagartos parlantes en naves espaciales o envejece el tipo retratado en el cuadro y no el tipo– hay que mantenerlas. No se puede cambiar de caballo en mitad de la carrera. Así es como se mantiene la credulidad del lector, del espectador, del oyente. Credulidad: que nos da crédito, que al emisor se le concede credibilidad.
Pues bien, esto es lo que ya no ocurre con el sistema. Ayer se discutió en la tertulia sobre los denominados negacionistas, ese término inventado por el poder para estigmatizar a quien duda de la versión oficial. Pero lo que ha ocurrido es que se ha quebrado ese pacto inicial. Hemos comprobado que mienten, que hacen trampas. En España, una sociedad inocente, crédula, dispuesta a creer la narración, aceptó el cuento de que vivíamos en libertad, en democracia, con políticos que trabajaban por el bien común. La realidad se ha obstinado en apalear a aquellos niños hasta convertirlos en estos adultos descreídos. Ya no creemos nada de lo que ofrece el discurso oficial. Sabemos que es un tinglado para convencernos de que los males que nos ocasionan son por nuestro bien y de que todo lo que puede conllevar algo bueno no nos conviene.
Pero el peligro de esto es parecido al que Chesterton expresó respecto a Dios: «Quien deja de creer en Dios no es que ya no crea en nada: es que empieza a creer en cualquier cosa». Y, efectivamente, muchas de las teorías que intentan explicar la realidad no son más que bobadas, y en algunos casos, auspiciadas por el mismo sistema, que de este modo se garantiza que, de tanto recibir mentiras, quedemos incapacitados para percibir una verdad.
¿Entonces? ¿Es todo mentira, sin más? ¿Todo? ¿Y qué es verdad? ¿Cómo orientarse? Ah, es duro despertar y tener que emplear de nuevo la cabeza y el criterio propio y el corazón y la intuición. Pero para eso nos fueron dadas tales herramientas, para emplearlas. Y no para seguir escuchando al cuentista decir: «Érase ninguna vez».