El paseo

Qué bien le viene al columnista un largo paseo por el centro. Antes, cuando aún se hablaba de estas cosas, se decía que Madrid era un género literario, una consideración que, a mi juicio, incurre en la pedantería, por mucho que sea cierta. Pero sí. Andar, vagabundear, callejear, te hace la columna sin que te des cuenta.

Para eso, lo primero es no esforzarse, abandonar toda actitud laboriosa. La inacción, a veces, es la única forma sensata de acción. Porque no se pasea para sacar rentabilidad a ese tiempo. No se pasea para encontrar nada. En todo caso, para no ser encontrado. Se hace a un ritmo despacioso, que ya de entrada está indicando que no vas angustiado por llegar tarde. Es más: que no vas a ningún lado. Sólo existen dos tipos de transeúntes, se descubre mientras se camina: aquellos que creen dirigirse a algún lugar y quienes saben que no es así. En realidad, nadie va a ningún sitio, porque todas esas supuestas obligaciones que nos consumen los días no pasan de ser una tapadera de la vida, de una vida que se escurre y pasa desapercibida, oculta entre horarios laborales, reuniones o citas para tomar cafés. Me cruzo con turistas, con curritos, con estudiantes que se han ausentado de clase, con enamorados que van rumiando sus miedos mutuos.

La quietud de la estatua de Lorca en Santa Ana, en cambio, sí me da la sensación de progreso. Está a punto de alzar el vuelo el pájaro que sostiene en sus manos el poeta. Y es un pájaro que parece un adjetivo lorquiano en la inminencia de su vuelo sobre el poema: Y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. En el otro extremo de la plaza, la estatua de Calderón de la Barca no recibe las mismas visitas: a ella nadie le regala flores. Y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.

Hablo con camareros que conozco desde hace más de veinte años y que me dicen que están a punto de jubilarse, que ya no aguantan más. Cuando ellos echen el cierre, sólo quedarán en la zona cadenas de comida rápida, que no sirven comida, sino rapidez. Algunas librerías se sostienen como una provocación ante el tiempo. Me sube una sonrisa al rostro cuando pienso que han cerrado muchos locutorios y sitios de fotocopias y lugares así y que, sin embargo, siguen ahí ciertos libreros de viejo a los que se les dijo que tenían los días contados. Lo nuevo se gasta y pasa de moda antes que lo viejo, como tan bien comprendió Nassim Nicholas Taleb.

Veo colas de inmigrantes que acuden a la barra libre de los papeles de la regularización. Tienen la cara triste, en contraste con el desalmado rostro satisfecho de quienes se lucran al traerlos, con sus vidas deshechas, para que contribuyan a deshacer aún más las vidas de los de aquí. Inmigrantes y turistas. Calderón y Lorca. Paseantes tranquilos y gentes esperando un Uber que los conduzca a otro lugar desde el que seguir mirando las pantallas de sus móviles. Pasado y futuro pugnan por caber en un estrecho presente.

Paso por algún quiosco, antaño cuajado de periódicos, y compruebo que apenas queda un montoncito de ellos y que el espacio está dedicado a vender gorras, gafas de sol, camisetas y bufandas de equipos de fútbol. La prensa, inexistente ya y sólo sostenida por dinero público en forma de subvenciones y de publicidad de amigos que después se repercute al consumidor en el precio, sigue parloteando con sus titulares, pese a no saber dar el titular de su propia defunción, de la que no se ha enterado. No me alegra, pero entiendo por qué se ha dejado de leer periódicos. ¿Por qué no probaron a publicar alguna verdad, sólo por intentar algo distinto?

El paseo, en fin, se corona en Los Gabrieles, que ha vuelto a abrir después de no sé cuántos años. Los mismos azulejos. La misma solera. Y los reservados de abajo, con la efigie de Manolete bendiciendo cada brindis. Me acodo en la barra y charlo con Rebeca, la encargada, que me cuenta la historia del local. Mientras, espero a Juncal, que aquí tiene cuenta, aunque nunca la pague. No aparece el maestro Rabal con su traje blanco y su empaque. Pero sí el torero Tomás Angulo y su apoderado, Paquito Ruiz, con los que uno acaba faenando antes de La Encerrona de Carmelo López.

Y Juncal, que nos vio cuando en su deambular cruzaba camino a la plaza de la Platería, nos escuchó enredarnos discutiendo de toros. Y nos tuvo envidia.


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