Qué tentación supone dejarse llevar por el ánimo cansado y dar todo por dicho. Porque lo hemos enunciado ya una y mil veces: la degradación progresiva del sistema obliga a éste a elegir actores políticos cada vez más perversos, más acordes con el orden de cosas. Pero si ellos no aflojan la cuerda, ¿cómo entregarse al silencio?
Tampoco serán bastantes las ocasiones en que repitamos las tres únicas cualidades que ha de tener alguien para progresar en política: capacidad de obediencia, ausencia de escrúpulos y deseo de aprovecharse de los demás, incluyendo en este punto un ego desmedido y enfermo. Mientras el político obedezca, sus amos, los que realmente gobiernan, le permitirán seguir viviendo de lo robado a la comunidad vía impuestos: viviendo de los esclavos. Sin necesidad de oficio ni talento.
En cometidos altos se garantizan su obediencia eligiéndolos culpables de antemano y guardándose la opción de pulsar el botón de la expulsión, ya que siempre puede surgir una anomalía disidente o el propio político caer en el error de creer que realmente toma decisiones propias, de que posee poder, cuando es el poder quien lo posee a él. Es sencillo tener algo contra cualquiera, máxime si previamente le has permitido robar o, por ejemplo, lo has introducido en fiestas de dudosa moralidad y legalidad con el fin de contar con grabaciones con las que amenazarlo si se desmadra. A mayor alto cargo, mayores han de ser las prevenciones en este aspecto. Eso, y no otra cosa, son los papeles de Epstein, por poner un ejemplo muy conocido pero desde luego no el único. Hablamos de la norma, del manual de instrucciones, y no de llamativos casos aislados.
Pues bien, recordado todo esto, pensemos ahora en las monstruosidades que está proyectando la UE contra los ciudadanos, todas ellas encaminadas al control del ganado. Que si el dinero digital, que si la intervención en las comunicaciones privadas, que si una militarización de la sociedad para cumplir con la obsesión de las élites de llevar a Europa a una demente guerra con Rusia, que si no te subas al coche si no te tengo monitorizado… Todas estas salvajadas que atentan contra la libertad y contra la vida misma de la gente no provienen de una novela de ciencia ficción que describa un mundo distópico, sino del mundo real, ese que los informativos de la tele intentan hacer pasar por normal. Estos crímenes están siendo cometidos a las claras por gente que aparece en sus medios de propaganda sonriendo, hablando de derechos, mintiendo sin rubor, proclamando como bueno lo que hasta los ciegos ven como terrible.
Es un aspecto positivo, qué raro que los haya, el hecho de que la cosa esté tan avanzada y sea tan descarada. Se encuentran tan empapados en su psicopatía los amos del mundo –o el amo del mundo, quién sabe– que las cosas que están obligando a hacer a sus empleados los políticos ruborizarían a cualquiera de las generaciones anteriores de dirigentes, por mucho que los de antes también respondiesen al mismo esquema. Pero hemos dicho que, a medida que el sistema se ahoga en su podredumbre, más indigentes espiritual y moralmente han de ser sus actores.
Llama la atención, eso sí, que aún existan personas de la calle que los defienda –a unos, a otros o a los del medio–, gente tan obtusa que siga pensando en términos de los míos o los contrarios. A qué niveles de entrega mental hay que llegar para seguir acudiendo a las urnas pensando que estás decidiendo algo, que estás haciendo un bien, y no cavando tu propia tumba. Benditos tiempos, en fin, tan claros, con todo tan a la vista. Se agradecen.