El río de la tauromaquia posee varias desembocaduras sobresalientes, solemnes estuarios, por donde se vierte al mar de lo memorable con abundancia y hasta majestuosidad. Ahí están las grandes plazas de Madrid, Sevilla o México. Sin embargo, para que siga fluyendo el rito sacrificial del toro, para que los magníficos escenarios citados cuenten con caudal suficiente, han de abundar el agua y los argumentos, es decir: la afición. Y los manantiales de los que nace todo esto son los festejos populares.
El pueblo –como enclave geográfico y como colectivo– es el origen de una celebración ancestral que nos coloca ante las astas del animal, o lo que es lo mismo: ante lo que somos, ante lo que heredamos, ante lo que tememos y admiramos. Y uno de estos lugares se ubica al amparo del río Cidacos, en la Rioja Baja, y es Arnedo.
El certamen del Zapato de Oro, los festejos en honor a San Cosme y San Damián con sus tertulias, sus peñas, su toro en la calle, las vaquillas, los carretones infantiles, los talleres de banderillas… este conjunto hace que de esta rojiza tierra broten borbotones de afición.
Puede parecer su aportación modesta e insignificante. Pero será la suma de todos estos nacimientos la que, con el tiempo y la confluencia, favorecerá la fertilidad taurómaca en torno a cada afluente.
Cuando atravieso la acera del Bulevar del Calzado en Arnedo, junto al Teatro Cervantes, me suelo detener a observar las huellas ilustres que la hermosean. Me fijo en las marcas dejadas por Rafael Azcona, Miguel Induráin, Antonio Ozores o Diego Urdiales. La del Diego la imagino sobre cada una de las plazas que ha pisado. Me inquieta saber cuántos pasos han dado esas plantas en pos de la sabiduría y la excelencia a la hora de torear.
Pero la pregunta que yo me hago no se centra en quienes han pisado Arnedo dejando su insigne rastro, sino en la huella que Arnedo imprime fuera. Es más honda y significativa de lo que desde dentro se pueda creer. Porque Arnedo no sólo supone una rica fuente de afición a la tauromaquia, sino que el Cidacos es testigo privilegiado, año a año, del toreo del futuro. Hay novillería en el Zapato de Oro, y hay un mañana ya anunciado. Lo que vemos cada temporada en el Arnedo Arena es a la figura que será, a quien va a llenar las plazas, a quien van a imitar los que sueñen con seguir por esos cauces, a quien haga el toreo. No es fácil firmar la mejor faena del Zapato. No gana quien más apéndices echa al esportón, sino quien convence de que ha toreado mejor. No es la cantidad, por lo tanto: es la calidad.
Hemos de hablar entonces de la calidad de las aguas de ese manantial de afición que tiene Arnedo. Aguas curativas, que te reconcilian con tu propia afición, que te la avivan, que te permiten reponerte con los esperanzadores conceptos de Víctor Hernández, Fabio Jiménez o Emiliano Osornio, por citar a algunos de los nombres que han sonado con fuerza en los últimos años. Son aguas que te purifican en la verónica pura o el templado y profundo natural de Urdiales, sabiendo, como sabemos, que en un futuro les contaremos a los que vengan que vimos torear al Diego y que será difícil que crean que fue para tanto. Pero es que, les diremos, fue para más. Es para más.
He ahí tu manantial, querido arnedano. Que siga fresco y vivo para siempre. Saciémonos en él.