El imbécil

Leí en pesetas El elogio del imbécil, del periodista italiano Pino Aprile. Creo recordar que aquella obra llegó a la radio, donde me habían dado una sección de libros para que me contentase y no molestase demasiado con el resto de tareas asignadas.

Yo andaría por los veintipocos años, pero desde bien pronto me había dado cuenta de que la cantidad de tontos existentes en el mundo era alarmantemente alta. Cuando niño, confiaba en que la proporción de aquella condición tan asombrosa y peculiar menguaría al crecer, al estudiar, no sé, al salir al mundo. Qué iluso: a posteriori, comparados con los que me encontraría más tarde, muchos de los observados durante la infancia llegaron a parecerme Arquímedes.

Me impactaron las ideas de Aprile. Animado por esa lectura, busqué más sobre el asunto, y mi sorpresa fue la amplia bibliografía existente. Es decir: el tema de la imbecilidad había preocupado desde siempre a numerosos autores. Muchos de ellos eran italianos, por cierto, como si en Italia la cosa fuese más grave.

Carlo Maria Cipolla, Maurizio Ferraris o Robert Musil me permitieron seguir estudiando un tema que en principio no parece más que pintoresco, pero que después se revela como algo importantísimo, esencial. Pensad, amigos, que llevo tres décadas en el periodismo, trabajando en algunas empresas de tamaño considerable y en las que las jerarquías se hallan fuertemente establecidas. Quiero decir con esto que he disfrutado de un lugar privilegiado para observar la estupidez humana y convivir con ella, no sólo por el entorno sino también por la propia naturaleza de los medios de comunicación, que precisamente tienen entre sus varios objetivos el de expandir la idiotez.

En estos días pasados he leído el Nuevo elogio del imbécil, en el que Pino Aprile regresa al argumento que lo hizo famoso. Y he de decir que esta vez, lejos de sentir aquella identificación absoluta con el autor, he ido disintiendo a cada página; o, al menos, puntualizando numerosas afirmaciones y creencias suyas. Aprile está imbuido del ultramaterialismo, la leyenda negra antiespañola y la mitología cientificista, y eso hace que él y yo, hoy por hoy, tropecemos a cada paso.

Sin embargo, las consideraciones previas de su estudio siguen ahí, vigentes, a mi juicio. A saber: que el número de imbéciles es llamativamente enorme. Que el daño que ejercen resulta casi imposible de combatir. Y que el propio idiota no sabe que es idiota: de ahí la preocupación constante por la estupidez propia, tan sibilina, tan calladamente peligrosa.

Ya sabéis los habituales de esta columna que mi mirada a la actualidad parte del axioma de que el mal gobierna el mundo a través de la imbecilidad colectiva. Y creo que, a partir de esa idea, ahora sí, después de casi treinta años reflexionando sobre la idiotez, es hora de dar curso a todas mis consideraciones. Me siento agradecido a Aprile y al resto de insignes predecesores, pero este invierno me tocará a mí ponerme a la tarea. Entiendo que tengo varias cosas que decir al respecto que pueden ayudar a comprender por qué hay tantos tontos, por qué los tontos son tan tontos y por qué, llegado el caso, todos podemos ser o hemos sido o somos tan rematadamente tontos. Espero no decir muchas tonterías.


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