Es primavera en el hall del hotel. Existe en este amplio recibidor una tregua con el mundo. Fuera, el ruido, la calle, el calor, la vida como un rodillo que va exigiendo a las gentes su tiempo para hacer con él un revoltijo de días iguales. Aquí, en este vestíbulo, una convención establece que se está a salvo. La temperatura es agradable. La amplitud relaja e invita sentarse en uno de los muchos sillones o sofás para solazarse con tranquilidad. El aire circula fresco y entremezcla el olor de la limpieza continua y el del papel de los periódicos que se esparcen sobre una mesa, en la entrada, y que gritan en silencio sus portadas sin que nadie los atienda. Desde el jueves, no he visto a nadie hojear ninguno de ellos. Han acabado constituyendo los diarios un elemento decorativo más, como las plantas de las macetas o el enorme cuadro de Gutav Klimt bajo el que me siento a ver si me cae un beso pictórico.
Los huéspedes van y vienen, pero lo hacen ordenadamente, con educación, sin estridencias, como si fuesen personas y no turistas. Salen a ver Cáceres, llevan folletos que les hablan de rutas culturales y religiosas y parten a estas excursiones recién duchados, envueltos en nubes de perfume y desodorante. Cuando regresan lo hacen desmadejados, con un rostro que habla de calores insoportables, como valorando si ha merecido la pena soportar treinta y muchos grados a cambio de ver lo que han visto.
Debe de vivirse bien en Cáceres, intuyo, en los días normales de octubre y noviembre, de febrero y marzo, cuando no es fiesta ni verano, cuando abren los comercios y las bibliotecas y los lugareños deambulan fingiendo un destino.
Yo encuentro unas horas libres entre el festejo del viernes y el del domingo, una vez que regreso de Navalmoral de la Mata, donde he pasado una mañana grabando la ganadería de Alcurrucén, de los Lozano; allí pastan las madres, las crías y los sementales, en campos custodiados por las aguas de los pantanos y con la visión de Gredos rascando el horizonte hacia el oeste. Hallar unas horas de asueto entre tanta actividad itinerante se siente como un estremecimiento culposo, como si uno no tuviese derecho al detenimiento. He olvidado qué es un fin de semana, de modo que me fuerzo a parar y encuentro en este hall el lugar idóneo. Bajo con el libro de Tico Medina sobre Manolete, observo a los que entran y salen, echo una parrafada con Isabel, una de las trabajadoras del hotel, que pronto depone su tono de empleada y comienza a charlar sin darse cuenta de que ha pasado de recepcionista a entrevistada. Me entero de cosas. Me interesa la vida cotidiana del hotel, en la que el edificio ejerce de organismo vivo con sus procesos, sus ritos y sus plazos.
Pero nada más. Me hago fuerte en este ancho recibidor y aguardo a que caiga el sol para pasear por el centro y escoger el rincón más fresco y silencioso –todos se van a la feria y mi instinto me lleva a buscar el lugar opuesto de la ciudad, algo que he aprendido a hacer fijándome en Yoda, que siempre da con el mejor sitio–.
¿Y qué hago aquí una hora? Acabo aparcando a Tico Medina y a Manolete y me bajo el portátil. Escribo una columna sobre la espera. Y después escribo esta columna sobre esa columna. La reescritura de lo ya escrito. El tiempo detenido, examinándose. Y aunque no me caen los besos de Klimt, por un rato he quedado a salvo en esta burbuja de paz y frescor. Pero las treguas han de ser breves, para no acomodarnos. Y ahora, a por el domingo, que para mí es lunes, como todos los días. Por suerte. Y no quieren que nos jubilemos…