Que un suceso ocurra muy de vez en cuando le otorga categoría de excepcional. La rareza confiere al asunto naturaleza de inusual, y puede hacerlo merecedor del adjetivo de histórico. Es el caso. Anoche se dieron las conjunciones oportunas; se confabularon los astros para ofrecernos algo que a todos nos extrañó, nos avivó el interés e hizo que asistiésemos a ello con ganas: y es que, en medio del verano, con todos los contertulios de un lado a otro, hubo un paréntesis en los viajes, nos juntamos y se produjo la tertulia. Los senadores, haciendo honor a su nombre, manejan una edad provecta, casi todos ellos jubilados, con buenas pagas, lo que les permite deambular durante julio y agosto del levante a Canarias, de Galicia al sur de Italia. Para más casualidad, dio el calendario con la carambola de que a mí me pillase en el barrio, entre viaje y viaje, entre plaza y plaza.
Un par de ellos intentaron hablar del eclipse, pero el resto lo impidió, harto de bobadas. La conversación tomó otros derroteros, centrada durante gran parte del tiempo en charlar acerca de la modernidad, comparando los tiempos actuales con los pasados. Hubo leña. Un grupo defendió con ahínco una postura basada en la idea de que estamos mejor que nunca, de que la humanidad ha avanzado continuamente, entendiendo además que estamos aquí, entrando en internet y viajando a trescientos por hora, cuando hace apenas unos milenios todavía nos asombrábamos de haber salido de la cueva. Frente a ellos, el otro grupo de participantes negó la mayor. Se ha alcanzado un desarrollo tecnológico cuanto menos llamativo, pero eso no significa ni que se haya producido un avance social en estricto sentido ni tampoco nos libra de los males provocados por esa misma tecnología. Alguien recordó los muertos provocados por el sofisticado armamento desde la Primera Guerra Mundial. Otro clamó contra la misma idea de progreso, poniendo en tela de juicio que vivamos mejor que nuestros bisabuelos.
Se habló del cerebro, máquina de solucionar problemas que, cuando no los encuentra, los inventa. Y se habló de la supervivencia y de qué hacer cuando ésta se ha garantizado. «Cultivar la virtud y el conocimiento», aporté yo, citando a Dante.
Después del tercer tinto de verano, se produjo otro conato de comentar lo del eclipse, pero fue rápidamente sofocado porque alguien impuso la cordura y la conversación derivó hacia los distintos tipos de gamba roja. Se discutió sobre la diferencia entre ésta y el alistado. Se contaron historias ya escuchadas otras veces, pero se respetó el derecho al olvido y a que se volviesen a contar. A mí me gusta que los viejos cuenten siempre lo mismo, porque analizo el distinto modo de narrar un recuerdo, y me entretengo detectando variaciones, invenciones, exageraciones y hermosas mentiras.
No sabemos cuándo volverá a producirse la tertulia de verano. Quizá haya que esperar a que avance septiembre y todos vayan volviendo al redil. No sabemos, en fin, qué tontadas nos ofrecerá el discurso oficial para entonces, ni si seguirán metiendo fuego a los campos o invadiendo Ceuta con el beneplácito de las autoridades españolas. Sí podemos apostar sobre seguro a que algunos contertulios pretenderán hablar sobre la cortina de humo de turno ofrecida para distraernos y que otros, esperemos que con éxito, se opondrán a perder el precioso tiempo común y hablarán de lo importante: de nosotros, de la vida, de todo eso que no aparece en los medios de propaganda del poder. Nunca nos faltarán temas como el mejor sitio para ir de mariscada o el último chisme del barrio. Para eventos, los nuestros. Que nos dejen en paz.