El eclipse

Qué cojonuda es la Musa. Es cuando ella quiere. Cuando venga, que te tome trabajando. Vale. Pero que es cuando ella quiere y lo que ella quiere. Son vanos todos los intentos por forzarla, convencerla o encauzarla a horarios y plazos. Salgo a andurrear por Huelva, desasido de tareas, con las manos en los bolsillos, para convocarla. Algo veré que me moverá a reflexión de cara a la escritura, me planteo. Y sí, la realidad me asalta, entre el domingo y un lunes que aquí es festivo, y me muestra ramalazos que podrían servirme para columna, o para el libro –huele a mar, y ando zarpado con Stevenson y Blanco–. Pero nada de lo que se me ofrece o yo busco da con la tecla. ¿Qué pasa? ¿Estoy sin tono, vacío, desganado o sin verbo?

Y entonces llega la Musa, cuando ella quiere, insisto, y me susurra al oído, para demostrarme que es cuando ella dispone y no cuando yo deseo. Y me recuerda la canción Eclipse de mar, de Joaquín Sabina y en la que participó Don Eduardo Aute. En una versión en directo, con una acústica, un Sabina que tenía la edad que tengo yo ahora canta la mitad, hasta el primer estribillo. Y comprendo entonces que ahí estaba la columna, agazapada, en el aire, aguardando a que yo dejase de intentar forzarla.

Qué hermosa y triste y melancólica y cariñosa y evocadora y honda es la canción. Enumera el cantante en ella una porción de asuntos de supuesta actualidad: nieva en París, pierde el Atleti, el Parlamento Europeo aprueba una ley para abolir el deseo, las putas hacen huelga de celo en Moscú, muere Cristina Onassis, dan un golpe de Estado en la luna, pagan un pastón por una acuarela falsa de Dalí, sube la marea, están a punto de fusilar a Jesús de Judea

En la versión con el rosarino Juan Carlos Baglietto, levemente distinta a la que aquí conocimos en el disco Mentiras piadosas, de 1990, se añaden un par de sablazos poéticos. Se gustan las guitarras antes de los estribillos, baja el tempo y, dando un natural lento y arrebatado, dice que hace un frío que es como un bisturí y que tiene miedo de encontrar en las tazas huellas de carmín. Y duelen esos dos versos del mismo modo que lo que cuentan, en una conjunción de fondo y forma muy difícil de alcanzar.

Y, en fin, ocurre un Eclipse de mar, y ahora que viene un eclipse de sol y muchos andan revueltos esperando el enésimo fin del mundo –como si no acabase cada día–, la Musa ha venido a tararearme ese tema musical. Porque lo que cuenta la letra, tras ese listado de temas importantes de actualidad, es que, muy bien, cae la bolsa en el cielo y pillan un alijo de coca, pero, ¿y lo verdaderamente crucial? Porque el diario, por mucho que griten las portadas, no dice nada de ti y de mí. Ay, amor, como siempre, la radio, la tele, el internet, las redes se desgañitan, pero no hablan de nosotros.

Y he recordado que, jovencito, en la Facultad de Periodismo, yo usé esa canción en un trabajo para exponer que las agendas de los medios de comunicación no se corresponden con lo que realmente interesa a la gente. El profesor me puso matrícula de honor. Si hago eso hoy, me echan de la Facultad, por hereje.

Por eso no veo noticias. Para qué. Si no hablan de nosotros, de ti, de mí, de este frío en los huesos como un bisturí, de las manchas que deja el olvido a través del colchón.


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