El dinerito

El dinero. El dinerito. El denario. No es lo mismo darse una vuelta con el bolsillo pesante, con el fajito, que hacerlo de vacío. Todas esas terrazas, heladerías, restaurantes, tiendas, a nuestra disposición. «Hace todo cuanto quiero. Poderoso caballero es don Dinero», acierta Quevedo.

Claro que, por contra, quien se zafa de necesidades superfluas adquiere una libertad extraordinaria. Deambular por un centro comercial sin verse acosado por el ansia de comprar por comprar, sin que los escaparates te reclamen, produce un sentimiento de ligereza, casi de ingravidez. El que alcanza ese punto poco tarda en preferir la soledad de los campos. Sólo es posible liberarse del dinero mediante dos vías: tener de sobra o no necesitarlo.

Ellos saben esto último. ¿Ellos? Los de arriba. Los de siempre. Los que nos controlan. Por eso no pueden permitirse que una parte de la población rompa las cadenas del consumo irracional y se limite a vivir con austeridad, como aconseja mi paisano Séneca. Para evitar que tomes el sendero hacia el ser libre, han establecido que serás pobre incluso ciñéndote a las necesidades básicas de techo, alimentación e indumentaria. Por mucho que briegues, te robarán tanto que entre un pordiosero y tú sólo distará el trecho que existe entre quien tiene permiso para endeudarse y quien no. De eso van los impuestos, y no de otra cosa: de mantenerte siempre al filo de la indigencia, con miedo, con riesgo real de despeñarte hacia la mendicidad.

El dinerito. La viga maestra de todo el sistema esclavista que padecemos desde… ¿Desde cuándo? Desde que tenemos memoria. Desde la antigua Babilonia, sostiene el bueno de Ignacio, Váitovek, erudito en esto como en varias materias más. La esclavitud se halla sustentada por el monopolio de la creación del dinero.

Por eso, debido a esta dependencia sistemática de lo dinerario, no es de extrañar que muchos interpreten los hechos más relevantes a partir del deseo de lucro. Detrás de cada crimen perpetrado por el sistema, existe un negocio. Incendios o inundaciones. Planes de igualdad; es decir: fomento del odio hacia el hombre. Inmigración. Agresiones a la caza, la pesca, la agricultura y la ganadería. Charlotadas ecologistas. Destrucción de la historia y de la educación. Demolición de las infraestructuras. Pobreza energética. Depredación de la pequeña empresa. Factoría de relatos mediáticos para inculcar los odios, los miedos y las mentiras que interesan a los jefes. Guerras. Farmafia. En todo esto siempre te encuentras a unos beneficiarios, a unos tipos que se forran a través de chiringuitos, empresas opacas, enchufismos y demás trapacerías. Es fácil, en efecto, caer en el error de considerar que no hay más que ánimo de rapiñar. Que si los gobernantes prenden fuego a los bosques, introducen a millones de gentes de otros lugares o envían a la guerra a los hijos de los esclavos es únicamente para forrarse. Y sí, si cometen todas esas tropelías es para enriquecerse. Son tantos los nombres de políticos obscenamente enriquecidos que no bastarían diez columnas para listar a los primeros que nos vienen a la cabeza.

Pero ellos no mandan. Obedecen. Son sus amos quienes ordenan esos crímenes contra nosotros, y los amos no buscan el dinero. ¿Para qué, si precisamente ellos ostentan ese monopolio de la creación del dinero? Los dueños de la granja, simplemente, pagan a sus sicarios para que ejecuten atentados. Pagan a sus miserables empleados.

No es el dinero, por tanto. No lo necesitan. Les pertenece. Es hora de distinguir a los terratenientes de los capataces de la ganadería. Es hora de dejar de mugir, de balar, de relinchar. Y de ver sin distracciones, ahora que andan avivando el caos para justificar una reordenación y convertir la explotación ganadera en corral, limitando así tus movimientos para obtener con más comodidad lo que ansían de ti.

Y que no es el dinero. Es el alma. Eres tú.


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