Parece el sonido del tren, a estas horas en que se oye todo, el acercamiento de un animal mitológico o de ciencia ficción. En la inminencia del amanecer, el mundo rompe a hablar a su modo. No sé qué tiene que decirnos, no sé si pretende avisarnos de que sería mejor seguir durmiendo o si, por el contrario, desea ponernos en alerta, activarnos cuanto antes, urgirnos a la prisa para protegernos de la jornada que llega.
Prefiero el amanecer sosegado, temprano y laborioso, sí, pero sin correr. «Nadie me persigue», dice Delibes cuando comenta que lo mismo le da acabar la novela en junio que en diciembre. Y en tan pocas palabras, tres, en una frase tan corta, no exagero si digo que ese hombre me ha cambiado la vida. Eso dará para otra columna.
Todavía los coches pasan en un goteo. Uno, otro, otro… Silencio. Otro. Pronto, ese caudal aumentará y se escuchará el murmullo continuado de la cascada del tráfico. En el interior de los vehículos, cada conductor se preguntará dónde van todos los demás, esos que le están cortando el paso y lo enlentecen a él.
Será más tarde. De momento, sólo llegan los sonidos de los pájaros. Son madrugadores los mirlos y las urracas, que ya andan por ahí, buscándose la vida, picoteando, como yo sobre el teclado. En el pueblo estarán resonando también los cantos de los gallos, para espantar al miedo, para dar tiempo a que alguien traicione a otro tres veces.
De vez en cuando una persiana rasga la oscuridad, e intuyo tras los cristales a un adormecido vecino que se sorprende de que todavía sea de noche. Entra por la mía, por la ventana de la biblioteca, el borboteo de una cafetera. Es el siseo de una serpiente de cafeína, que viene a tentarnos con un mundo para despiertos, sin sueños, sin metáforas, expulsado de lo poético.
Escucho también las patas de Yoda, sus cortos pasos primeros, como un morse con el que diese los buenos días. Y no tardarán, en fin, las claridades de las voces de los niños y los jóvenes camino a sus factorías educativas, esas naves industriales donde hoy, un día más, intentarán entontecerlos y alejarlos del conocimiento, de la autoestima, de sí mismos.
Y me temo que se prepara ya el que pronto tomará la sopladora de hojas para reventar la mañana, maldito sea quien inventó ese trasto –no sé en qué círculo del infierno de Dante le habrá tocado–.
Y sale el sol, allá va, en silencio. Porque este concierto del amanecer, esta sinfonía de lo que empieza, culmina, paradójicamente, con un punto y final callado. Para ponerle sonido a la salida del sol se tendrían que juntar Mozart, Beethoven, Bach, Grieg y Mahler, con letra de Battiato. Aquí está. Otro amanecer. Otro regalo.